‘Toledo y sus herencias’, columna La Montaña, de Oscar Loza Ochoa

Por Oscar Loza Ochoa

En lo que no es justa ley
no ha de obedecer al rey.
Pedro Calderón de la Barca

Treinta siete años después de desenterrar el hacha de guerra, muere Antonio Toledo Corro. El 1º de enero de 1981 no llamó a la conciliación a los sinaloenses, en esa toma de posesión como gobernador pintó su raya, como lo hacían los adolescentes de nuestro tiempo, advirtiendo a quienes consideraba sus adversarios que sería implacable con ellos. Y lo cumplió. La Universidad Autónoma de Sinaloa era un objetivo central de su guerra y sobre ella cargó buena parte de la artillería y el resto de su cuerpo de ejército. Se trataba de golpearla hasta reducirla a una pequeña institución de exclusiva enseñanza superior.

Para comenzar buscó condicionar el subsidio, cuyo principal monto no lo aporta el gobierno estatal, a que la UAS renunciara a impartir educación preparatoria. Los universitarios no estuvimos de acuerdo. Y Toledo retuvo los dineros de la Universidad por más de 120 días, creyendo que doblegaría la resistencia. Las marchas de estudiantes y maestros acompañados de pueblo, fueron crecientes. Pero los excesos del ejercicio de poder y el autoritarismo también encuentran sus límites.

El día 26 de noviembre de su primer año de gobierno una marcha de universitarios llegó hasta el Congreso del Estado, en el viejo de edificio de Donato Guerra y Rosales. Llevábamos una petición escrita dirigida al Poder Legislativo solicitando su intervención para que se respetara el derecho histórico de la UAS a mantener sus preparatorias y que se reanudara el pago de salarios al personal, retenido por más de cuatro meses. Florentino Esquerra, presidente del Congreso en dicho mes, nos recibió en la escalera que lleva al segundo piso y estaba a punto de recibir el documento, pero Mario Niebla Álvarez, coordinador de la fracción priísta le ordena a gritos desde arriba que no lo hiciera. Florentino y nosotros nos quedamos con la mano extendida, y aquél oficio a medio camino.

Por esa pésima decisión, que demostraba en qué niveles andaba la sensibilidad política toledista, nosotros resolvimos quedarnos en plantón para que se nos escuchara. A las 6 pm nos dieron la respuesta: un fuerte contingente de policías municipales y judiciales arribaron por diferentes direcciones echando gases lacrimógenos y procurando detener a los manifestantes. Nuestra retirada fue en orden y sin mayores consecuencias. Para al día siguiente el enfrentamiento entró a otro nivel: Toledo exhibía 17 órdenes de aprehensión obtenidas en menos de 12 horas y el movimiento universitario vio salir a la calle a más de 40 mil ciudadanos apoyando a la UAS. A mata caballo integró la averiguación previa la Procuraduría y mata caballo resolvió una orden de aprehensión el Poder Judicial. La lista de los perseguidos la encabezaban Audómar Ahumada Quintero (quien entregara años después un reconocimiento a su perseguidor a nombre del gobierno de Malova), Rubén Rocha, Liberato Terán, Rodrigo López Zavala y Oscar Loza.

Esa manifestación fue definitiva, el gobierno federal obligó a Toledo a negociar. La Universidad siguió íntegra, pero Toledo tenía otros recursos para limitar a la Institución que fundara don Eustaquio Buelna. Reformó la ley para que el impuesto del 10 por ciento para la UAS se convirtiera en impuesto para educación superior y destinar una parte para la Universidad que él creó para competir por espacios: la UdeO. Fue más allá, también crea el sistema de preparatorias Colegio de Bachilleres de Sinaloa, para disputar espacios en ese nivel a la UAS.

Mientras eso sucedía, los campesinos que solicitaban tierras desde varias décadas atrás y que invadieron tierras antes de que Toledo tomara el poder o se preparaban para ello, sufrieron la mano dura del hombre de “Las Cabras”. Baste un botón de muestra: las invasiones en Alhuey, Campo el General y La Ilama, en el municipio de Angostura. En el balance obligado de aquellos seis años que terminaron en 1986, para algunos analistas fue el de una larga noche para Sinaloa.

Pero Antonio Toledo fue oportuno para muchas de sus citas con la historia de Sinaloa y del país. En 1953, siendo diputado y al frente de un levantisco grupo echaron abajo el gobierno del profesor Enrique Pérez Arce. Un poco dilatado, pero llegó a la gubernatura con el respaldo del conservador grupo de “Los 33” y ahora que su partido, el PRI, recibe el revés más duro de su longeva historia, luego de ser testigo de ello, “el Tigre del sur”, también se despide de la vida política y de la existencial. A pesar de nuestras diferencias, no podremos regatearle esa cualidad.

La esperanza toma cuerpo este miércoles pasado con la reunión del presidente electo y quienes serán los representantes populares ante el Congreso de la Unión por Morena. Se han comprometido a legislar para reducir los salarios de los altos funcionarios del Estado (cuyos montos actuales son un insulto a los 62 millones de pobres), sobre la eliminación del fuero a todos los niveles, serán delitos graves la corrupción y fraude electoral, recuperación del agua como patrimonio nacional, revocar la retrógrada ley de educación, podrá revocarse el mandato a mitad del sexenio, entre otras cosas. Enhorabuena por este sufrido país. Vale.

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