‘Coyuntura para la reflexión’, columna La Montaña, de Oscar Loza

Por Oscar Loza Ochoa

Al necesitado no se le pregunta quién es ni de dónde viene.
Todos somos iguales en la desgracia.
Isabel Allende

Todos los días son una oportunidad para la reflexión, pero la historia religiosa y política nos regalan momentos muy propicios para ello. La semana santa es uno de esos instantes. Simpatizando con esa actitud popular de huir de la vida mundana y de los problemas de todo tipo, estos días los dedico también a la lectura, al recuerdo de los días infantiles en Monteverde y a la reflexión sobre el porvenir, ese al que Mario Benedetti asegura que le llaman así porque nunca llega.

No es necesario salir de la ciudad o de los lugares donde reside quien desee olvidar de momento el fardo de problemas. Yo tampoco he tenido que salir. La lectura aísla y transporta, eso han hecho Caravana de sombras, una hermosa narrativa del poeta Rubén Rivera; Más allá del invierno de Isabel Allende, en la que toca elementos interesantes de la novela negra y El socialismo y el hombre nuevo de Ernesto “Che” Guevara. Más allá de simpatías o fobias por el tema y por la figura del autor, todos estaremos de acuerdo en que nunca estará fuera de horizonte pensar en la formación de un nuevo hombre y una nueva mujer, frente a los retos que plantea una sociedad tan desigual como la nuestra.

Durante la lectura, la imaginación me ha llevado al barrio de La Ciudadela, allá en Monteverde. Y las imágenes que vienen a la memoria se refieren a estos días de vacaciones de primavera en la escuela primaria y de secundaria. La semana santa iniciaba con la preparación de la harina de maíz para los coricos y las empanadas: se molía en el molino el nixtamal y luego se deshidrataba la masa al sol, para volver a molerla y dejarla lista para mezclar el resto de los ingredientes. Martes y miércoles eran de confeccionar los coricos, el pan y las empanadas (de harina de trigo y de maíz). Eran días de hornear. El pueblo entero se llenaba de ese exquisito olor que despedían los hornos.

A partir del miércoles por la tarde bajaba el ritmo de las actividades, pues al decir de los mayores estos eran días de guardar. Cuando algunos vecinos de otros pueblos pasaban a caballo o en carro de paseo, no faltaba el comentario de alguien que dijera que las desgracias que pasaban en estos días, tenían su explicación porque no eran guardados, “como Dios mandaba”.

Dos cosas me gustaron siempre de estos días en mi pueblo: la oportunidad de acampar en el arroyo de El Apomal, que se mantenía sediento desde el mes de diciembre si no había equipatas, pero donde se respiraba paz bajo los zalates y apomos y en el marco de un colorido concierto de mariposas y pájaros. La otra experiencia, la más positiva, era la determinación de mi madre de no castigar ninguna falta de nosotros, “porque los días santos son de perdón”. Y que de haber castigo sería con espinas, pero eso nunca lo haría.

En los días restantes dábamos cuenta de todas las viandas que se habían horneado para el caso. El viernes por la noche Monteverde cobraba vida, pues un grupo de jóvenes que construían un judas, daban en robar gallinas para alimentarse en la madrugada, luego de sus correrías. Desde temprano las amas de casa encerraban sus aves de corral, lo que no evitaba los legres hurtos nocturnos. Algunas familias dejaban a la vista cazuelas de capirotada a cambio del respeto por los codiciados pollos.

El sábado de gloria se paseaba el judas por las calles del pueblo y luego venía la quema del mal humor. En esos versos improvisados no quedaba títere con cabeza: la crítica iba contra el comisario, los dirigentes del ejido, los coyotes que se quedaban con las cosechas, el borracho y otros personajes. Al final el judas ardía llevándose en apariencia resabios y rencores. Y la gente regresaba al trajín de la vida, con un elemento que renacía año con año: la esperanza de que la vida podía ser mejor.

En esta semana tan importante para todos, mis deseos son que la disfruten en paz y que al regresar a la vida económica, política y social, no olvidemos que la solución de los grandes problemas (que por lo demás no tienen vacaciones), reclama del concurso de todos. Pensar en los demás, sobre todo en los más vulnerables socialmente, puede allanar en buena medida las oportunidades de solución. Vale.

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