‘Tu nombre chino’, de Juan Esmerio Navarro l Columna de Guillermo Ibarra

Por Guillermo Ibarra

Con la publicación de la novela “Tu nombre chino”, Juan Esmerio Navarro abre un Aleph desde donde podemos ver las profundidades históricas y emocionales de Mazatlán.

A través de un creativo registro de usos y costumbres de la colonia de chinos inmigrantes en el puerto en la primera década del siglo XX, el autor narra el feliz romance de dos jóvenes, León Chucuán Chu y Hortensia Nava Lizárraga, que se conocen una noche en Olas Altas, se casan y terminan en un éxodo hacia una buena vida en al vapor Marcelo, rumbo a Guaymas y San Francisco, California.

Fuente: http://bit.ly/2FNPaLf

Juan Esmerio se convierte con este trabajo en un brillante sinólogo mexicano.

Para escribir la novela, redactada con pulcritud y brevedad, Juan tuvo que realizar un estupendo trabajo de rescate documental,  para investigar el contexto institucional y cultural que posibilitó la presencia de cientos de chinos en Sonora y Sinaloa, después del tratado de amistad y comercio firmado entre el gobierno mexicano de Porfirio Díaz y el imperio de China,  en diciembre de 1899, y facilitado por la ley estadounidense que prohibió el ingreso de trabajadores de este país.

Se trata de una novela encantadora de enorme valor literario. Su título obedece al afán del autor de hacer visibles a los chinos, quienes ni su nombre se atrevían a mencionar.

La vida cotidiana discurre entre promontorios en donde se asentó la población de un humedal conocido por los viajeros antiguos como las islas de Mazatlán: el cerro del Vigía, el cerro de la Nevería, el cerro de la Jabonería, el cerro de Casamata.

También las múltiples islas: Las “tres islas”: Isla de Pájaros, Isla de las Fieras, Isla de los Ciervos; los islotes dos hermanos (rocas blancas), isla de Pan, Isla del Crestón (El Faro) isla de Alzada, isla de la Piedra, isla de Belvedere, isla de Soto (Cocos), isla de Cardones, isla del Portugués.

Fuente: Pechesaurios 2.0 http://bit.ly/2puM5EK

Juan Esmerio describe a Mazatlán, a partir de la mirada del joven León Chucúan, como “un puerto entre dos colinas que daban al mar, orientado al este y al oeste, circunscrito de norte y sur por playa, acometido por vientos benignos; mil casas emplazadas sobre un valle estrecho”. No tenía puertas esa ciudad, o más bien las tenía naturales: “al este las montañas, al oeste el mar, al norte un estuario y al sur el río”.

Se trata de la epopeya de un grupo de orientales que supo incrustarse con sus tradiciones y cultura en una tierra salvaje y generosa, cuya población no siempre los recibió con amistad, y los relegó a trabajos rudos y poco decorosos; aunque se integraron como orfebres, lavanderos, restauranteros, tenderos, boticarios, carpinteros, orfebres, curanderos, cocineros, jardineros.

Uno de los protagonistas recuerda una jornada de odio que vivió de joven, y la manera en que los lugareños los repudiaban por su aspecto personal, y mitos sobre sus costumbres:

“una turba de porteños quiso linchar a un grupo de chinos porque no había dónde hospedarlos. Los esperaban desde que el Sadoniyx salió de San Francisco, pues un telegrafista de la capitanía de puerto corrió la noticia tan pronto lo supo. Se montaron guardias en el cerro del Vigía para dar el pitazo. Cuando llegaron, la turba los sacó a gritos del muelle hasta arrojarlos a la playa; ´el cuartel chinesco de los coletudos´ como le llamaba El correo de la Tarde. Y lo hicieron como hacen los que organizan una batida para dar caza a una fiera: con ruido de piedras y palos. Solo faltó que los pandilleros del abasto hicieran sonar el cuerno del carnaval. No los empujaron porque (…) les provocaba nauseas su aspecto. El tufo rancio de sus cuerpos. Luego de acorralarlos en Olas Altas, la turba fue por la calle del Vigía hasta la plazuela. También hubo una pedriza sobre la casa de Jesús Escobar, agente de la compañía transportadora de chinos, y sobre el restaurant del señor Chau (…)  alguna gente, sobre todo los pequeños comerciantes, los aplaudió cuando iban por la calle”.

La población china y japonesa tuvo que acomodarse en los intersticios de esa sociedad intolerante, y años después, a medida que progresaron, en la década de 1920, fueron objeto de persecuciones por parte de los gobiernos local y federal, y de los comerciantes del puerto.

Fuente: Pechesaurios 2.0 http://bit.ly/2ptnEII

En 1906 Mazatlán contaba con 20 mil habitantes, era un pueblo con población multicultural y los chinos estaban en el escalón social más bajo.

Se trataba de una ciudad insalubre, construida desde los cerros, con terrenos ganados a las marismas y los esteros, sin drenaje.

En 1883 fue víctima la epidemia de fiebre amarilla que afectó a un cuarto de la población y fallecieron 2,541 personas, según García de Alba y Salcedo, 2006 http://bit.ly/2DGdgBK. A pesar de ello, no mejoraban los hábitos de higiene.

En ese entorno ocurre la historia de León y Hortensia.

Su romance tiene de fondo las noches cerradas o con luna, los amaneceres con brisa, atardeceres dorados, que envuelven a Mazatlán. Sus fiestas cotidianas, el carnaval, las regatas, la ida a pescar desde las piedras. Los lugares de compras famosos, Casa Melchers, Mercería Nueva, cantina El Cosmopolita, cantina El Avante, las fábricas de cerveza. Los paseos de la gente en Olas Altas, la Playa Sur; el malecón, con bancas que miraban al mar y a la tierra; las estrechas calles de Guelatao, Oro, Constitución, Faro, Neptuno; los barrios del Astillero, la Estrella, la Campana. Las noticias que fluían a través de El Correo de la tarde.  La romería de carros y lancheros que ocurría en la Calle Arenal en donde estaba la aduana marítima cuando llegaban barcos. Los carritos de mulas del transporte público, las arañas. El mercado.

Fuente: Fernando Higuera http://bit.ly/2DHg7dE

Desde la llegada a Mazatlán del vapor británico Largo Law,  León, de 23 años, originario de Cantón, es protegido por el señor Chang, dueño de un mesón restaurant, y luego del señor Cheng, un yerbero.

Hortensia, de 21 años, nacida en el puerto, es una obrera de la fábrica de habanos El Dios del Amor, igual que sus padres.

Fuente: http://bit.ly/2G9JxGB

Hay pocos personajes en la trama, resaltan dos remeros mazatlecos que los acompañan de principio a fin, Tirso y Santiago, y otros personajes secundarios.

En realidad, el verdadero protagonista de la novela “Tu nombre Chino” es el puerto de Mazatlán, el cuál es dibujado históricamente a través de la experiencia del habitar de los chinos, la forma en la que perciben el lugar, cómo se funde la geografía con su psicología y cultura ancestral, y se expresa en su manera de comer.

Juan logra abrir en su relato una ventana al Mazatlán de inicios del siglo XX, a través de un complejo “melting polt” culinario.

Sus personajes nos muestran que el comer es un hecho simbólico, que las cosas que consumimos tienen una semiótica, una carga emocional; en los ingredientes, olores y sabores están incrustados proyectos de vida.

Al leer su narración evocamos a Hipócrates, que decía que “el hombre es lo que come y lo que respira” http://bit.ly/2DHR5Lw.

Los chinos avecindados en el puerto, logran recrear su mundo con los elementos que el lugar y el mar les ofrecen generosamente, y que, en ocasiones, solo ellos como extranjeros pueden apreciar.

Lucía Rossy (2011) sostiene que “a través de la comida los inmigrantes recrean el hogar perdido –estar como en casa-. Una socialidad, una historia cotidiana compartida, decires, sentires”, (2011) http://bit.ly/2DHR5Lw. Y eso es precisamente lo que Juan recobra de la historia de los chinos en el exilio mazatleco, y al hacerlo, nos dibuja con letras el carácter del lugar y su vida cotidiana, su espacialidad geográfica y social.

Los chinos que viven en los márgenes, provienen de una sociedad milenaria, con ricas tradiciones.

El señor Chang logra reencarnar en los platillos que cocina, a su matria oriental, con los elementos que le provee el mar, las lagunas y la vegetación.

Utiliza algunos ingredientes considerados “desperdicios” como las aletas de tiburón, los peces globos, mojarras, tiradas como basura por los pescadores, o la conversión de animales marinos extraños en manjares, como el peinillo de mar. Pero eran cocinados con gusto.

Esos chinos, “hablaban al comer y lo hacían con gran apetito”

En la galería de platillos que disfrutan los personajes de la novela encontramos un interminable menú:

Camarones cola de Fénix, langostas laqueadas en salsa, pescados fritos, chop suey de camarones azules, bogaventes sofreídos sin descascarar, lisas tatemadas, tortuga al vapor, estofado de carne de pollo y puerco, pulpos, abulón, sopa de pepino de mar (afrodisiaca), pastelillos de coco (cocadas), sopa de lapas, fideos con cucarachas de mar, sopa de gallina, percebes fritos, sopa de aleta de tiburón, tendones ahogados de vaca, hígado de cerdo salteado, rebanadillas de liebre y conejo, corvina agridulce, pez globo salteado, patas picantes de rana toro, filetes de corazón salteados, palomas sofritas, codornices picantes, pato lacado, pato asado con especias, pato mandarín, gallinas, guajolotes, lomo de ciervo con miel, almejas cocinadas, mejillones, sopa de nido de golondrina, calamares, huevadas de pez dorado, hueva de robalo,  algas, setas, arroz y fideos, caldo de mero, marlín ahumado, hueva de robalo.

“Ni los comerciantes franceses comen esta sopa –dice el señor Chang de un caldo de aleta de tiburón que preparó para sus amigos–. Que grata consistencia. Su textura y color es parecido a la guanábana”.

Las páginas de la novela huelen a comida.

Una historia así, solo pudo salir de la pluma de un escritor experimentado, bien documentado, culto, pero especialmente de un mazatleco, que fue niño playero, de esos que traen el pelo canelo y la piel bronceada de tanto exponerse día a día al sol, y que tiene recuerdos de su vida asociada a mareas, cerros, playas, ciclones, olas, arena, conchas y pescados.

Juan Esmerio Navarro González quiso escribir una novela histórica de amor, lo logró, pero no es sobre el amorío de León y Hortensia, sino del suyo por la tierra que lo arrulló en sus primeros años de vida.

Tu nombre chino, es una mirada universal e intemporal de Mazatlán.

El libro se encuentra a la venta en las principales librerías de Sinaloa. Lo recomendamos para leerlo en las próximas vacaciones de Semana Mayor.

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Profesor del doctorado en Estudios Regionales de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Doctor en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha sido también profesor de la UNAM, ENAH, e investigador en las Universidades de Illinois en Urbana Champaign, Universidad de California Los Ángeles y Universidad de Texas en Austin. Su campo de docencia es desarrollo regional, estudios urbanos, economía política y estudios de la globalización. Ha publicado trece libros de autor y doce coordinados en estos mismos campos, así como cuarenta artículos de investigación. Ha asesorado 30 tesis de licenciatura, maestría y doctorado, Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores desde 1994 y actualmente es nivel III. Tiene experiencia en gestión institucional como Director de la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la UAS, secretario académico de la UAS, Secretario Ejecutivo de ANUIES (región Noroeste), presidente de la Asociación Mexicana de Estudios Canadienses e integrante del Internacional Council for Canadian Studies.