‘Horizonte 2018’, columna La Montaña, de Oscar Loza

Por Oscar Loza Ochoa

Ahora viven entre la esperanza y el miedo.

Fernanda Magallanes

Así se hunda el mundo –digamos como Gramcsi- pero los buenos deseos para que este 2018 nos vaya bien no pueden faltar. Y vaya antecedentes que nos deja el año que se fue en materia económica. Las 500 personas más ricas del mundo, según Bloomberg Billionaires,  vieron crecer sus capitales en un 23 por ciento el año anterior, algo así como 5.3 billones de dólares. Ese pequeño número de personas se embolsaron unos mil 452 millones de dólares al día, mientras 3 mil 460 millones de pobres (estimados por el Banco Mundial), sobreviven en condiciones que poco tienen que ver con la dignidad humana.

Siete de esos multimillonarios son mexicanos, pero al país no le está yendo en los mismos términos. Algo está pasando. ¿Cómo explicarnos que un pequeño número que apenas representa el 0.12 por ciento de nuestros connacionales, concentre casi la mitad de la riqueza? Las cifras no son ajenas a los mexicanos que nacimos antes de 2017, como tampoco a los casi 2 millones 500 compatriotas que nacieron el año anterior. De acuerdo a los nuevos criterios del BM más de la mitad llegaron a este mundo mexicano pobres.

Entrampados en muchos frentes, hay dificultad para ver con ojos alegres este año que apenas ensaya sus primeros pasos. Las autoridades nacionales nos dicen que podemos crecer al 2.2 por ciento, lo que no estaría mal en estas circunstancias, pero las instituciones del mundo financiero internacional nos ubican en un 1.9 por ciento, contando con que nuestras negociaciones sobre el TLC y los arranques lunáticos de Trump no nos lleven a una situación peor que la actual.

No han faltado los analistas que afirman que la economía mexicana no sirve para dar el alimento a que tienen derecho todos los mexicanos, pues una mayoría no tiene ni la calidad, ni la cantidad, ni los ve las tres veces al día en su mesa. Tampoco sirve, dicen, para dar techo, educación y salud a esos mexicanos. Y si la economía no sirve, ¿cómo andan los gobernantes y las instituciones que dirigen?

Apenas caminamos sobre los primeros días de 2018 y las imprescindibles tortillas ya no cuestan lo mismo, y nos dicen que a mediados del año volverán a subir de precio. No es todo, los supermercados están reetiquetando toda la mercancía; mientras los salarios y las gasolinas parecen estar más peleados que nunca. A pesar de que nuestros salarios son los más bajos del grupo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), de que no garantizan la ampliación del mercado interno como recurso para fortalecer la economía y de la presión que Canadá y EU han hecho para considerar este renglón en las negociaciones del TLC, hay reticencias del gobierno mexicano para considerar un verdadero cambio en este renglón. Si tomamos en cuenta la contrarreforma laboral reciente, no vemos ni intención favorable a recuperar los salarios ni un cálculo sobre las consecuencias sociales en desigualdad y exclusión, que ello tiene para más de la mitad de la población del país.

Las gasolinas iniciaron un crecimiento persistente desde su liberación en noviembre y a la distancia de un mes ya se nota y mucho. Se están multiplicando las justificaciones señalando que los precios a nivel internacional suben y que la mayoría de las gasolinas son importadas, entre otras. Lo cierto es que algunos nos adelantan que a finales de este difícil enero el precio puede rebasar los 20 pesos por litro y amenazar en las siguientes semanas por alcanzar la barrera de los 23 pesitos.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha manifestado recientemente que la relación actual de pobreza y derechos humanos es muy preocupante. Señala que la pobreza vuelve invisible a sus víctimas y demasiado vulnerables ante la discriminación y la exclusión social. No hay posibilidades de una verdadera participación ciudadana en condiciones de pobreza ni acceso a la justicia y, por lo tanto al disfrute de derechos. Señala que un régimen democrático no es compatible con la inobservancia de los derechos humanos. Y que el Estado está obligado a prestar atención especial a los grupos sociales y a las personas que han sufrido formas de exclusión históricas o que son víctimas de prejuicios que no dan respiro. No vemos por ningún lado las medidas de prevención que vengan a reducir y eliminar las condiciones que generan las situaciones que encaminan hacia la exclusión social.

Para dibujar este difícil horizonte mencionemos la situación del movimiento que busca desaparecidos y detener esa práctica que tanto hiere a la Nación. Mientras el número de desaparecidos crece, se cuenta en Sinaloa con tres fiscalías especializadas distribuidas por zonas en el estado, con no más de 10 agentes del MP, con un reducido número de investigadores, con un laboratorio de genética forense, con un georadar y canes especializados en la búsqueda de personas inhumadas. El presupuesto, la cantidad de personal y la ausencia de una política concreta sobre el tema, nos habla de dos cosas tristes: no hay intención de esclarecer los más de 2 mil 855 casos que tenemos en Sinaloa, ni de detener esta monstruosa práctica. La sociedad deberá ejercer su derecho a opinar sobre este tema. Finalmente, por parecerme un gesto noble, hago un reconocimiento a los agentes de la patrulla 3701 de Policía Estatal, que al verme en la calle con el carro descompuesto, hicieron alto y ofrecieron su ayuda para aliviar la situación. Vale.

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