Un 10 de Diciembre que reclama otra suerte, columna La Montaña, por Oscar Loza

Por Oscar Loza Ochoa

Una política basada en la confrontación, 

que no mide las heridas que produce.

Miguel Salas

Una conquista militar, 300 años de colonia, una guerra de independencia, cuatro invasiones extranjeras, cientos de asonadas militares y dos revoluciones, resumen nuestra historia mestiza, donde las bayonetas han ocupado el espacio que debe guardarse al diálogo. En los últimos 200 años hemos pretendido construir una República independiente, cuya fortaleza sean la soberanía del pueblo y el pacto social que representen sus leyes. En dos terceras partes de ese bicentenario de la República, han sido militares los que han conducido el país.

Una de las grandes aspiraciones históricas es que los civiles, nombrados en elecciones libres, sean los timoneles de la nación. En 1946 parecía que ese sueño alcanzaba tierra firme, aunque el camino se empañara con la entrada en escena de Miguel Enríquez Guzmán en 1952, la represión del movimiento ferrocarrilero en la primavera de 1959 y la masacre de Tlatelolco en 1968.

Atrapado ahora México entre la mentalidad colonialista de la élite gobernante y los excesos de intervención norteamericana en los asuntos internos nuestros, no hemos podido elaborar una política de seguridad sin tomar en cuenta los intereses de nuestros vecinos. Y la fórmula que se nos ha impuesto es que los graves problemas de narcotráfico y violencia, ante las debilidades de las instituciones policiales, es la militarización de la seguridad. Y hemos no sólo observado, sino sufrido un ensayo que lleva ya 10 años, bajo esa lamentable alternativa, cuyo saldo en vidas perdidas es de 250 mil aproximadamente, el 68 por ciento de la población que habita nuestro vecino Belice.

A pesar del fracaso de esa política de seguridad, el partido en el poder ha elevado ante el Congreso de la Unión una iniciativa de Ley para legitimar esa estrategia de seguridad. Ya salió adelante en la Cámara de Diputados, a pesar de las observaciones muy críticas del Representante de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en México, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y de la CNDH, a pesar de ello, ya buscan que el Senado la apruebe. Ojalá la sensatez y el sentido común de los legisladores, revisen la angustiosa historia que hay en relación con las armas del país de Carlos Fuentes, de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz y de Rosario Ibarra de Piedra.

Mientras la historia queda en vilo en esas apresuradas y poco analíticas sesiones del Congreso de la Unión, en Sinaloa algunas efemérides nos estrujan el corazón: Javier Valdez recién cumplió seis meses sin que su caso se enrumbe positivamente. Lo mismo sucede con el caso de Dayana, la niña de San Pedro, el pasado miércoles cumplió seis meses de desaparecida, contando con un dictamen forense que nos dice que unos restos humanos encontrados corresponden a su humanidad. Pueden ser, pero la familia y la sociedad no se convencen del todo, porque concurren en este caso mil cosas que no permiten dar crédito al informe de la autoridad: tan pequeña, dan dulce, ajena a las bajas pasiones, tan desamparada; la vigilancia que abunda en torno a su comunidad; las complicidades del mundo oficial con los bajos fondos de la sociedad y la impunidad, que sin agregarle otra palabra lo dice todo.

El martes 5 Guasave salió a la calle para reiterar su apoyo solidario a las tres familias que sufrieron la explosión de sus casas hace un año. No hay consignación del caso ante un juez, la Fiscalía espera un peritaje de alto nivel. Una familia perdió a la madre y las tres están sin hogar. ¿Hasta cuándo llegará la justicia?

El Comité ciudadano que da seguimiento al Caso Javier Valdez, solicitó al Congreso del Estado que citara a comparecer al Fiscal General del Estado, Juan José Ríos Estavillo, para que informe sobre el mismo. La cita es este domingo 10 de diciembre, esperamos que no sea una jornada de quedaderas de bien entre los diputados  y el Fiscal.

Y para las Madres con hijos desaparecidos, que siguen su búsqueda incansable, van nuestros mejores deseos, esperando que los venideros días de adviento regresen la lastimada esperanza que las mueve en pos de sus tesoros perdidos (los desaparecidos). Se fue Nicolás Avilés, activista estudiantil de finales de los años sesenta y de la década siguiente. Médico internista y enamorado de su pueblo sinaloense. La pluma no sólo fue certera en las miles de recetas que firmó, pues fue dueño de un estilo único en el rescate de tantas historias rurales. Tuve el honor de prologarle un hermoso cuento: El brujo de las dos magias. Nicolás se va en un momento en que tanta falta hacen médicos de su calidad científica y humana, y en el que su fresca narrativa nos sabe a brisa tropical en tardes de canícula. Vale.

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