Río Subterráneo, de Inés Arredondo l Columna de Guillermo Ibarra

Por Guillermo Ibarra

El dos de noviembre de 1989, murió en la ciudad de México, a los 61 años, Inés Arredondo, la escritora más importante de las letras de Sinaloa, hasta nuestros días.

Es todavía una autora incomprendida y poco valorada en su tierra. Esto se corresponde con la paradoja de provenir de una ciudad con una cultura semirural, recatada como era Culiacán en la posguerra, y tener una narrativa que abordaba las pasiones más descarnadas de los seres humanos. Y como su imaginario se asociaba a su infancia, utilizaba como envolturas verbales nombres y lugares sinaloenses.

En no pocas ocasiones, sus cuentos eran considerados como infidencias de personajes de las familias de Culiacán, lo cual le ganaba cierta reluctancia entre sus conocidos.

Inés Arredondo tenía una obsesión por adentrarse en lo más recóndito de la condición humana.  Patricia Rosas (2014), recoge en Excélsior un pasaje de una entrevista que le hicieron, donde expresa su asombro por la complejidad de nuestro ser.

¿Cómo te defines a ti misma? Definir, no creo que pueda definirse a una persona más que caricaturescamente, esto es, destacando de una manera desmesurada, en un momento dado, una característica particular suya o un gesto, una frase que reúna varias de ellas. Pero definir es totalizar, y somos muchas cosas: historia, carácter, actitudes… No somos, estamos siendo, interior y exteriormente: fieles, contradictorios, en todos los planos de la vida, que son muchos, que se refieren a muchas personas, a muchas cosas. Creo que ni aun muertos seríamos definibles. ¿Quién puede saber de cierto, cuál es el yo mismo de otro, si ni siquiera ese otro lo sabe?” (Excelsior (2014). http://bit.ly/1Iwm36j )

Como homenaje luctuoso, publicamos en Rabia y Tinta una reseña que escribimos en 1988 sobre su cuento Río Subterráneo, motivados en aquel tiempo por el doctorado Honoris Causa que le otorgó la UAS en el rectorado de Audómar Ahumada Quintero (1985-1989), y hoy para hacerle un pequeño homenaje.

 

En 1509, durante un viaje de Italia a Inglaterra, “para no consumir el tiempo en chácharas triviales e incultas”, Erasmo de Rotterdam escribió un ensayo en el que dibujó moralmente la hipocresía de su época. Dedicado e inspirado en Thomas More (Tomás Moro) el trabajo recibió el título de “Encomio de la Moria”, cuya irónica intención era asociar el apellido More con la palabra griega “Moria” que significa locura, necedad. Su título formal fue: Elogio de la locura.

Recogiendo la erudita tradición grecolatina, de cuyos autores rescató el detalle de la más fina ironía sobre la condición humana, Erasmo tendió, con su propio aporte, un sólido puente entre el renacimiento y la infancia clásica de la cultura occidental. Aunque la locura en este elogio es la estulticia en su versión cómica y repugnante, configura una cultura política del hombre concebido por el naciente mundo occidental europeo.

En la literatura, la locura ha sido un instrumento para configurar arquetipos culturales, como el de Raskolnikov de Crimen y Castigo, de Fedor Dostoievski. Hurgar en el mundo interior ha permite edificar mejores retratos de la cultura humana que los estudios sociológicos más eruditos. El breve preciso cuento Río Subterráneo de Inés Arredondo, se ubica en esa rica tradición de recrear al hombre a través de la oscuridad de su conciencia. La psicología culturalista encuentra en esta ficción pueblerina un material inagotable para reflexionar sobre la condición humana. El cuento sobre la “Casa de Mocorito” como llamó Inés a este relato, es una larga meditación sobre la locura, cuyos alcances nos interesa comentar. Los personajes del cuento habitaron esa casa que hoy es la Casa de la Cultura de Mocorito, Dr. Enrique González Martínez.

Inés reprochó a sus lectores, la noche del viernes 27 de mayo de 1988, al recibir el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Sinaloa, que la hayan leído tan poco y mal. Dijo que su literatura no es el género que pretende “contar historias”, sino reconstruir lo recóndito. Retomemos su consejo, y hagamos en lo futuro, el modesto esfuerzo de dialogar en su texto alejados del costumbrismo y el paisajismo mediocres.

Con la propia revelación de Inés, la lectura de su obra muestra que ella habita un mundo literario profundo y universal, que problematiza en sus meticulosos relatos llenos de indeliberados ejemplos, paisajes y nombres sinaloenses, los grandes temas de la vida humana, los puntos negros del conocimiento social: la soledad, la muerte, el amor, la locura.

En Río Subterráneo, Inés nos muestra en su mágica y singular psicología, un camino de búsqueda del infinito inconsciente de todo ser humano, en todos los tiempos modernos y lugares, incluso en Mocorito en la época posrevolucionaria. Nos transporta a través de modestos seres provincianos a la oceánica esencia sentimental de toda carne pensante.

La locura es un estado multifacético: es alienación, insania, enajenación, demencia, perturbación, y nos lleva al disparate, la extravagancia, sinrazón, aberración y al absurdo.  ¿Será posible que esta sintética colección de significados encuentre vida en la corta narración de Rio Subterráneo? Sí, la encuentran, y en expresiones sublimes y cargadas de pasión.

El narrador del cuento es una mujer que habla sola o dirige una carta a un familiar. Está voluntariamente aprisionada en una soledad que adquiere forma física en la extravagante casa del patio de escalinata que lleva al río. En ella ha sentido vivir “una vida cruel y exquisita” y revela la “crueldad y exquisitez de una vida de provincia”. Su mundo es insólito y desconocido.

Esta es la casa de Mocorito, hoy remozada, que inspiró el cuento Río Subterráneo. Se advierte un vació en el patio, es donde está la escalinata que lleva a la ribera. Es ahora el local de la Casa de la Cultura de Mocorito, Dr. Enrique González Martínez. FUENTE: https://www.visitmexico.com/es/actividades-principales/mocorito/recorrido-por-mocorito

“Voy a hablar de lo otro, de lo que generalmente se calla –dice la mujer- de lo que se piensa y lo que se siente cuando no se piensa. Quiero decir todo lo que se ha ido acumulando en un alma provinciana que lo pule, lo acaricia y lo perfecciona sin que lo sospechen los demás […] soy la guardiana de lo prohibido, de lo que no se explica, de lo que da vergüenza, y tengo que quedarme aquí para guardarlo, para que no salga, pero también para que exista. Para que exista y el equilibrio se haga. Pero que no salga a dañar a los demás […] siento que me tocó vivir más allá de la ruptura del límite, en ese lado donde todo lo que hablo parece, pero no es, un atentado contra la naturaleza”.

Pablo, Sergio, Sofía y ella misma son cuatro hermanas que comparten la locura. Son una familia extinta por el fuego de la guerra y la historia revolucionaria. Se refugia en una especie de oasis mental encerrados en esa extraña casa. Primero enloquece Pablo, presunto padre de la persona a quien se dirige el relato; al traerlo a casa el sufrimiento se apodera de los demás y empieza la metamorfosis dela locura, una especie de demencia por solidaridad.

Esta forma de vida, dice la narradora, “me la enseñó Sofía, a quien se lo había enseñado Sergio, quien, a su vez, lo planteó al ver enloquecer a su hermano Pablo, tu padre […] Sergio enloqueció como él cuando lo vio, cuando quiso entenderlo. No es que tuviera piedad, lastima tonta, solamente quería entender. Pero es seguramente ese el camino que la locura misma ha trazado a sus verdaderos elegidos”.

Por el mismo sendero, las hermanas se enajenan, Sofía transforma la casa para edificar el espacio que la locura melancólica reclama. Es una casa de tres corredores que forman una U, pero en el patio construyeron una escalinata de peldaños largos que bajan hasta lo que fue el margen del río cuando crecía. A los costados interiores de la escalinata construyeron cuatro cuartos que parecían sostener a toda la casa. Esta finca se convierte en el centro del universo de estos extraños personajes. Sofía estaba orgullosa por haber sido capaz “de construir  para la locura”.

La angustia de Sergio es la desesperación por descubrir la causa de su sufrimiento, la inseguridad ante su destino.

“Quiero encontrar –decía- una cosa tersa, armónica, por donde se deslice mi alma, no estos picos, estas heridas inútiles, este caer y levantar; más alto, más bajo, chueco, casi inmóvil y vertiginoso. ¿Te das cuenta? Siento que me caigo, que me tiran, por dentro, ¿me entiendes?, me tiran de mí mismo, y cuando voy cayendo no puedo respirar y grito, y no sé, siento que me acuchillan, con un cuchillo verdadero, aquí […] lo peor es que no sé por qué sufro, por quién, qué hice para tener ese gran remordimiento…

La hermana interpreta su afección, y aquí aparece la principal meditación sobre la locura:

“Si la angustia y el remordimiento gratuito son la locura, todo es demasiado fácil y resulta monstruosamente injusto que Sergio sufra tanto por nada. La locura sería entonces, no más que un desajuste, una tontería, una pequeña desviación del camino, apenas perceptible, porque no conduce a ninguna parte, algo así como una rápida mirada de soslayo.

Tenemos así, que la locura es un desvío relampagueante que no tiene fronteras con la “normal”, es una vida que se construye conforme al gobierno interior y cuando ha avanzado de tal forma es que no es posible regresar, se cubre de un hálito de soledad y magia.

La narradora queda presa en ese camino, así lo confiesa a su sobrina:

“Tú podrías pensar que soy muy ignorante para tratar de explicar esta historia que ya sabes pero que, estoy segura, sabes mal. Tú no tomas en cuenta el río y sus avenidas, el sonar de las campanas, ni los gritos. No has estado tratando, siempre, de saber qué significan juntas en el mundo, las cosas inexplicables, las cosas terribles, las cosas dulces. No has tenido que renunciar a lo que se llama una vida normal para seguir el camino de lo que no comprendes, para serle fiel. No luchaste de día y de noche para aclararte unas palabras: tener destino”.

Esta extraña locura es lo que afecta también colectivamente al pueblo de Ixtepec, en la novela de Elena Garro, los recuerdos del porvenir; en esa comunidad “el porvenir es la repetición del pasado” […], un retroceder veloz hacia la muerte, y la muerte el estado perfecto, el momento preciso en que el hombre recupere plenamente su otra memoria.

¿En dónde empieza y dónde termina la locura en los seres que emprenden la construcción de otros mundos, otros destinos para su experiencia, o en los que se aferran a un mundo en extinción? La respuesta está en lo subterráneo del río de la vida. Dice Yourcenar que la vida es “gris sobre gris” cuando se le ve desde afuera “pero nunca cuando es vista desde dentro”. Para conocer la locura hay que apreciar la vida desde sus profundidades.

 

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Profesor del doctorado en Estudios Regionales de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Doctor en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha sido también profesor de la UNAM, ENAH, e investigador en las Universidades de Illinois en Urbana Champaign, Universidad de California Los Ángeles y Universidad de Texas en Austin. Su campo de docencia es desarrollo regional, estudios urbanos, economía política y estudios de la globalización. Ha publicado trece libros de autor y doce coordinados en estos mismos campos, así como cuarenta artículos de investigación. Ha asesorado 30 tesis de licenciatura, maestría y doctorado, Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores desde 1994 y actualmente es nivel III. Tiene experiencia en gestión institucional como Director de la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la UAS, secretario académico de la UAS, Secretario Ejecutivo de ANUIES (región Noroeste), presidente de la Asociación Mexicana de Estudios Canadienses e integrante del Internacional Council for Canadian Studies.