‘No le digas a nadie que me drogo’, columna To be gordo, de Samuel Parra

Por Samuel Parra

Todos guardamos un secreto. Es muy común reservar lo más íntimo con recelo. No queremos que nuestra familia, amistades o compañeros de trabajo se enteren… Este es mi secreto.

A veces la soledad puede ser tu mejor compañía, la que te escucha sin juzgarte o darte consejo. No se despega de ti mas que en tus sueños cuando el inconsciente recrea un mundo paralelo para que sobrevivas porque la ansiedad también te persigue mientras duermes. Despiertas con tremendo jadeo, gritas de la nada como mecanismo de defensa e intentas ahuyentar a tus demonios con sólo alzar tu voz, pero es inútil. Sólo te ausentaste unas horas de la vida real, de la existencia donde tú y las metanfetaminas conviven.

Aún en dosis pequeñas, las metanfetaminas son un estimulante poderoso que puede disminuir el sueño, el apetito e incrementar la actividad física. También puede causar una variedad de problemas cardiovasculares, incluyendo un aumento en la frecuencia cardiaca, latido irregular del corazón y elevación de la presión arterial. Una sobredosis de la droga puede elevar la temperatura del cuerpo a niveles peligrosos (hipertermia) y producir convulsiones, que si no se tratan inmediatamente pueden resultar fatales.

Me enteré por una amiga que también era obesa. Ella me recomendó a una persona que nos dijo que era nutrióloga, y que cumplía los sueños de muchos gordos: hacerlos bajar de peso sin ejercicio, sólo con una dieta y unas pastillitas muy efectivas. Tenía 19 años, no sabía el riesgo que corría por ingerir ese medicamento. La presunta nutrióloga me dijo que simplemente era un inhibidor del apetito. ¿Qué es eso? Dejas de tragar entre comidas, es la explicación más simple.

La asistente de la nutrióloga amablemente te tomaba la presión, calculaba tu Índice de Masa Corporal con un aparato que apretabas con tus manos. Por último, te tomaba medidas de cintura, pecho y vientre. Terminas este paso y tenías el ticket de ganador ya en tu mano, estabas listo para la baja acelerada de peso. Se te daba una dieta a seguir al pie de la letra, no era un régimen alimenticio ni te mataban de hambre, eran productos balanceados que nivelaban tu ingesta de grasas, almidón, azúcares y proteínas. No tuve problemas para comer, tampoco resentí un apetito voraz, simplemente ya no tenía hambre, comía y mi cerebro me ordenaba “ya no comas, estás satisfecho”, ese es el primer efecto de las metanfetaminas, tu cerebro da órdenes que no te cuadran pero tú obedeces.

En ese entonces, allá por el 2002, cursaba el primer año de universidad, la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación era un hervidero de jóvenes egos, todos querían ser estrellas de la televisión, aparecer en la pantalla, llámese Televisa o TV Azteca, antes de que el monstruo del internet y sus series desbancaran el duopolio. Era terreno fértil para vender pastillas con mayor facilidad. ¿Vendían metanfetaminas en la escuela? Sí, a las mujeres principalmente para que bajaran de peso. ¿Cómo sabía esto? Porque nadie lo ocultaba. Una chava las vendía como producto naturista; no lo hacía en el anonimato, se acercaba a los grupos de chicas “Barbie” o las más populares y les daba una muestra gratis para que probaran el producto. La vendedora dudo que haya sido ingenua para no saber el riesgo en que ponía a las jóvenes pero ninguna autoridad se enteró, nadie la sancionó porque decía que eran productos naturistas, y nosotros no sabíamos el problema real que generaban.

Dicen que el cristal es como el jabón Zest porque te vuelve a la vida, es una droga que se fabrica con efedrina obtenida de medicamentos contra la gripe, ácido de batería automotriz, gas refrigerante, sosa cáustica, veneno para ratas y desechos químicos. Una amiga mía la consumía porque su efecto para quitarte el apetito era brutal pero su cuerpo se estaba volviendo frágil, quebradizo como el nombre de la droga que la estaba consumiendo. Se llamaba Marisela*, le decíamos “La Dalí” porque era su nombre artístico, le gustaba pintar, era excelente retratista, en sus ratos de inspiración podía deformar tu rostro para llevarlo al cubismo o sumergirse en el surrealismo de Salvador Dalí. Era el 2007, yo seguía consumiendo metanfetaminas, había bajado 15 kilogramos sin esfuerzo pero las desveladas, las noches sin dormir con alcohol y fiestas cobraron factura en mi desempeño como hijo, amigo, trabajador, todo.

La Dalí nació en Morelia, Michoacán, tuvimos esa empatía porque mi madre también era de aquel estado, nos hicimos rápido amigos, no por las drogas sino porque ambos resentíamos la pena de ser gorditos. Éramos los “Forever alone”, los solos para siempre. Nos teníamos el uno y al otro, con ella tuve mi primer beso de amigos, rebasamos la “Friend Zone” varias veces hasta terminar sudados, arropados por nuestros mantos carnosos en una complicidad sin culpa, pena o lastimosa posición, sólo nos hacíamos compañía, sólo no estábamos solos. Juntos nos hicimos una promesa: no le digas a nadie que me drogo.

Entre los cristaleros siempre pasa lo mismo. Te da mucha energía y te da por lavar el carro, caminar, limpiar la casa o lo que sea con tal de tener algo en que gastar las energías. Marisela pintaba hasta quince retratos al día, primero no sabía de dónde sacaba tantas energías, era inconcebible que alguien hiciera algo así sin perder la riqueza de los detalles en cada trazo de su grafito hasta que empezaron los ataques de ansiedad y crisis nerviosas. Al cristal le dicen chuki, vidrio, crico, chucuchú, ice, chuco, hielo y fataché (en los años 90 era el nombre de unas pastillas que ayudaban a quemar la grasa y adelgazar). Los consumías fumándolo en foco, papel aluminio y pipa de vidrio o te lo inyectabas  por la vena. Marisela se informó a la mala, con una “amiga” que le enseñó a inyectarse ese veneno en su cuerpo.

Dicen que ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón. Me fui con “La Dalí” a un motel donde la pasamos rico, fornicamos de lo lindo dejándonos llevar por el efecto de las drogas cada quien en su estilo, yo con pastillas; ella inyectándose. Hasta le ayudamos a vender un estéreo a una amiga de ella que acababa de robarse de un auto. La adicción al cristal hizo paranoica y enferma de celos a mi amiga, la hacía alucinar. En ese mundo que estábamos inmersos, Marisela conoció a otro adicto al cristal, se hicieron novios, me sacaron de la jugada, ya no podía tener contacto con mi amiga porque su pareja era un patán y peligroso en exceso. Por otra amiga me enteré que él era un desgraciado machista violento con ella: porque se ponía faldas cortas, porque se maquillaba y se pintaba la boca. No la dejaba tener amigas ni platicar con nadie. A veces alucinaba que tenía marcas de besos en el cuello. Si no se bañaba también le pegaba, “por sucia”.

No supe más de Marisela, las arenas movedizas de las drogas terminaron por hundir su existencia. A sus papás les dio mucha vergüenza que su hija sucumbiera de esa manera, tenía un futuro prometedor en las artes plásticas, estaba participando por una beca en el Instituto Nacional de las Bellas Artes, iba directo a la gloria de la pintura. Jamás justificaré que ella se inyectase cristal, ya la había convencido de entrar en un Centro de Rehabilitación, le hice ver que su trabajo artístico iba mermando, captó el mensaje rápido, no dudó en dejarlo pero la llegada del machista lo arruinó todo. “La Dalí” se quedó arriba, se le hizo chicharrón el cerebro, ya no distingue la realidad ni la fantasía, se embarazó de aquel baboso y perdió al bebé, no hubo Baby Shower ni Mesa de Regalos, la tenían encerrada en su cuarto mientras en una iglesia llegaba un pequeño ataúd blanco que cargaron los padres de la adicta para pedir el eterno descanso del angelito.

Y todo fue para bajar de peso, todo fue para no sentirse sola, aceptada en un mundo repleto de estereotipos donde la figura perfecta de la mujer delgada debe predominar. Las metanfetaminas mermaron mi salud, afectaron mi vista, alteraron mis horas de sueño, recrudecieron mi bulimia porque las pastillas ya no me servían, su efecto era inútil, quería algo más fuerte porque no dejaba de comer, pensé en el cristal muchas veces, no sabía qué hacer, me sentía acorralado. Cambié un mal por otro mal, fue difícil, en vez de meterme veneno para ratas en la sangre mejor me metía el dedo a la boca para vomitar. ¿Qué hizo la bulimia en mí? Primero, me provocó un desequilibrio de electrolitos que se produce por causa de la deshidratación, pérdida de potasio y sodio del cuerpo como resultado de la purga. Gastritis, Colitis y reflujo porque el constante ir y venir del ácido gástrico hasta provocar inflamación y posibles fisuras en el esófago. Nunca usé laxantes hasta el 2009, me provocaron estreñimiento a la larga. No importa lo que hagas, si no te atiendes a tiempo con expertos en psiquiatría y sicología, tú seguirás viéndote en el espejo como una persona de 200 kilogramos aunque estés en tu peso ideal.

¿Por qué escribo este relato? Porque los secretos matan. Porque así solo no llegas a ningún lado. Perdí muchos años de mi vida buscando la cura a mi ansiedad por comer, rodé como una piedra errante topándome con pared sólo causando lástima a mí mismo porque jamás acepté que mi vida se había vuelto ingobernable tras haber perdido el sano juicio. Un Poder Superior sí me encarriló en el buen camino pero fuera de la fantasía y las palabras bonitas, el amor a la familia a veces es la fortaleza que te levanta aunque tú los destruyas ellos siempre estarán ahí.

Marisela, perdóname por romper esta promesa.

 

*Marisela es un nombre ficticio, y el apodo “La Dalí” también lo es.