Temblor en restaurante chino, columna To be gordo, de Samuel Parra

Por Samuel Parra

Al mediodía del 8 de octubre del 2011 un temblor interrumpió la hora de comida de un servidor. El Distrito Federal se sumó en miedo, caos y confusión mientras que un restaurant chino en la Zona Rosa se vaciaba porque sus comensales no querían que el edificio les cayera encima.

Era el día perfecto en la capital del smog: día soleado, tráfico fluido, nula posibilidad de lluvia y la más grata compañía de amigos entrañables para recorrer la Zona Rosa, específicamente la calle Londres donde se ubica el restaurante La Isla del Dragón.

Durante varios días, mis amigos hablaron maravillas de este restaurante, que el Pato a la Naranja, el Chop Suey de puerco, el Pollo Almendrado, los Rollos Primavera, en fin, muchos platillos que pasaban por mi mente en un desfile gastronómico que acribilló a mi mente: ¡Quiero comer ahí! –Sentencié a mis amigos- “Basta de las tortas de tamal y los tacos de pastor, hoy cambiamos el menú”. Mis amigos se rieron sabroso porque saben que soy hombre antojos y no puedo dejar pasar ese momento.

¿Cómo me preparé para ir a comer al restaurante chino? ¿Hay preparación? Claro que sí, todo depende de la cantidad de comida que vas a ingerir. Afuera del departamento donde vivíamos, cerca de la Glorieta de Insurgentes, hay un puesto de frutas y verduras, por veinticinco pesos te venden medio litro de zanahoria picada en cuadros con apio, limón y chile Tajín, un aperitivo extraño al ojo de los chilangos. Estos alimentos los acompañé con un litro de agua de jamaica sin azúcar, en verdad lo disfruté mucho porque sabía que lo mejor vendría más tarde.

Pasó la mañana, nos fuimos a recorrer la Zona Rosa cuales turistas avecindados en la metrópolis de las quesadillas sin queso y después de pajarear (mirar tiendas y mercancías sin comprar) nos encaminamos a La Isla del Dragón. Una estatua de piedra oscura, donde se esculpió un dragón, da la bienvenida a los comensales. Las lámparas de papel junto a los cuadros de pergaminos chinos decoraban las paredes y techo que se apreciaban desde el paseo peatonal pero el gancho con que pescaban a sus clientes era el aroma a arroz chino y verduras cocidas en salsa de soya; eso te jalaba más que los carritos de hot dogs o las tortas de todo por 25 pesos que no tienen progenitora.

A la izquierda del restaurante había mesas con asientos acojinados y sillones en media luna, al centro estaba la barra de comida con torres de platos chicos para la verdura, tazones para el arroz y platos hondos donde te sirves consomé. Serví mi plato con maestría y locura, un cerro de arroz chino se levantaba sobre su superficie, iba coronado con chop suey y flanqueado con rollos primavera. Las verduras hervidas las dejé para el último, acompañé mi comida con bocaditos de pan hervido rellenos de piloncillo o dulce de arroz, mientras te pasabas el bocado con té de jazmín de refil.

Todo iba muy bien hasta que empecé a sentirme mareado, sinceramente me asusté, rápidamente pensé que ya padecía diabetes, hipertensión o no sabía si me estaba infartando. Pues ni una ni otra, no me asusté en ese momento, me sacó de mi trance alimenticio y continué comiendo. Otra interrupción, la mesa estaba moviéndose, pensé que el movimiento de mi rodilla la tambaleaba pero no fue así. Me fijé en las patas de la mesa para comprobar si se deslizaba o si se barría, nada de eso era. La aparente normalidad volvió cuando desde el fondo del restaurante alguien gritó ¡Está temblando! Y como buen sinaloense grité ¡Morros, ábranse a la chingada! ¡Vámonos de aquí a la goma! Todos los clientes salimos asustados, nos decían que guardáramos la calma, lo intentamos y salimos airosos de ahí. Pero había olvidado lo más importante: mi plato de comida. Pese a las advertencias de mis amigos, y los dueños del restaurante, entré una vez más al restaurante para rescatarlo. Me sentía el hombre más afortunado del mundo, tenía mi plato de vuelta pero no podía comerlo porque tenía muchas nauseas y el mareo continuaba. Maldije al temblor porque me había arrebatado lo más preciado para mí: mi apetito.

Fuerza México. La reconstrucción de la Ciudad de México no se hace sola. Muchas manos podemos participar. Amén por nuestro país.