Sociedad y Estado ante los sismos, columna de Oscar Loza

 

Pero sus sombras contaban otra historia.

Adriana Díaz Enciso

Dos sismos devastadores,  un ciclón y una sociedad invencible ante la tragedia. Ese es el retrato del pueblo mexicano. Es la imagen de esos ciudadanos que buscan sobrevivientes entre los escombros en Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Morelos, Puebla  y la Ciudad de México. Es la fotografía de la sociedad en todas las entidades del país que se ha volcado a la solidaridad. Hemos aprendido la lección que dejó el terremoto del 19 de septiembre de 1985.

Pero el Estado no la aprendió. Fue más rápido en sus respuestas que en 1985, pero llegó después que los grupos ciudadanos voluntarios. Ha querido combinar discursos y publicidad oficial con sus acciones, pero hay vivo rechazo en las zonas de la tragedia y en el resto del país. Corren más rápido las promesas de ayuda gubernamental que la movilización de sus apoyos.

Sin haberse concluido el recuento de los daños del primer sismo y del ciclón, llegó el terremoto del día 19. Difícil aún especificar la cantidad de dinero que se requiere para reconstruir esas regiones del país. Hay quienes hablan de una cantidad superior a los 200 mil millones de pesos. Con esas primeras estimaciones la inversión requerida es similar a los 248 mil millones de pesos que este año se está dedicando al pago del servicio de la deuda. Hay quienes están exigiendo en las redes que el dinero etiquetado a los partidos políticos sea invertido en las zonas de desastre, pues el fondo federal para esta materia es de apenas 3 mil millones de pesos.

No les falta razón, pero también hay que vernos en el espejo de lo que fue y es el rescate de los bancos (antes Fobaproa, ahora Ipab). Dos décadas pagando la irresponsable administración de los bancos privatizados, que este año implicará el pago de 35 mil 850 millones de pesos tan solo de intereses y una deuda creciente que ya casi llega a los 900 mil millones de pesos. Da coraje saber que mientras la economía del país crece al 2 por ciento, esos bancos se vanaglorian de una tasa de crecimiento del 12 por ciento este año. Nosotros salvamos a los banqueros de su administración ruinosa en 1995, ¿esperaremos un gesto humanitario de ellos hacia los damnificados ahora? No lo veo factible, al menos en los términos que deben agradecer su propio rescate.

Hay otro aspecto que debemos atender junto a las tareas de solidaridad: la revisión de los edificios y obra pública dañados, pues no pocos fueron construidos después de 1985, cuando las normas de construcción se volvieron más exigentes. Y como la corrupción no ha estado ausente en el campo de la construcción de vivienda, edificios para oficinas y de vialidades, sería imperdonable que metidos en el deber de la solidaridad, dejáramos pasar las responsabilidades de quienes no construyeron bajo la observación estricta de las normas en la materia y de quienes aprobaron desde las oficinas públicas esas obras fraudulentas. Hubo responsables en 1985, los hay ahora.

Dos imágenes me llenan de ternura: una hermosa señora de unos 80 años portando orgullosa el uniforme de la Cruz Roja, que acomoda ayuda para los damnificados, y un humilde señor de edad similar, con el porte de la dignidad del pueblo, llevando alimentos a donar. Ellos son el ejemplo que siempre debe renovarse, pues lo verdaderamente valioso es dar lo que duele (tiempo, esfuerzo extraordinario, el escaso alimento). Sigamos llevando la ayuda solicitada a los centros de acopio (la misma Comisión de Defensa de los Derechos Humanos en Sinaloa lo es). Todo lo que llevemos será poco para la dimensión del problema, pero será vital para quienes lo reciban.

Pobre país al que le sobran las efemérides trágicas, pues en medio de las tareas que demanda un dolor (los sismos y el huracán), hay que atender los deberes que reclama otro dolor. Sin dejar de atender lo primero, debemos honrar la memoria de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, que este 26 de septiembre cumplirán tres años de ausencia. La convocatoria no puede quedar en suspenso. México está hecho de tiempo, de historias y de dolores. Y sólo puede enfrentar sus malos momentos y reconstruirse, si su memoria está presente y es capaz de realizar las nobles tareas de la solidaridad al tiempo que marcha reclamando paz con justicia.

La solidaridad debe estar presente este martes 26 de septiembre. Sí, debe estar presente en los envíos de apoyo a las zonas de desastre y también acompañando a los familiares de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, víctimas de la desaparición forzada desde hace tres años. Como ellos hay más de 35 mil ciudadanos desaparecidos. Sus familias estarán también recordándolos ese día 26 a las 4 pm en la Plazuela Obregón. Es el momento de la solidaridad, pasemos revista con ellos. Vale.

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