¿Por qué lloramos? l Columna ‘To be gordo’, de Samuel Parra

Dedicada

a quienes se

apenan por llorar

Por Samuel Parra

No tiene caso llorar si las lágrimas son en vano. El alma no depura esa suciedad hecha costra por los años. Verter gotas de autoconmiseración da pie al nacimiento de un arroyo, caudaloso, hace ruido aunque la corriente luce en calma; ni mojarse los pies se antoja porque son lágrimas y no agua dulce. Lágrimas cristalizadas que un día resbalaron por un par de mejillas bronceadas por el sol, de una infancia abrupta sin espacio porque ahoga cualquier esperanza y sueños; una niñez trastornada cuando la inocencia se perdió a manos de la ignorancia, un descuido, juego de niños, alguien resultó herido.

Llorar significa desprenderse de las emociones, ser libre de ataduras que amagan al consciente, entre sollozos das cuenta de la humildad con que pides un milagro, anhelas un éxito, ruegas mejor salud, demandas calidad de vida, sentencias a tu peor enemigo. Si llorar no es privilegio de los hombres, entonces, ¿somos animales ahogándonos en nuestras propias penas? Es urgente el desahogo para sentirse aliviado, cualquier mal y padecimiento puede aminorar la carga emocional si la persona se permite el llanto, no cura la enfermedad pero otorga descanso temporal al afectado.

Una pérdida material o humana se lamenta. Que el equipo de futbol no gane su juego se presume como un enojo temporal, pero que a un niño de nueve años, gordito, lo obliguen a participar en un desfile usando camisa de resaque eso es un infierno para el pequeño. Les cuento la historia de un infante, llamado Barry González*, él se encapricha, hace su voluntad y no desfila el Día de la Revolución Mexicana, 20 de noviembre. A esa edad él no tenía consciencia de su enfermedad, obesidad infantil, es decir, no se percataba que estaba enfermo. Pero sí sabía y reconocía la burla de sus compañeros, al notar su cuerpo diferente, un vientre abultado, pechos sobresaltados, cachetes listos para ser apretados por las señoras comadronas y vistiendo prendas que le quedaban entalladas. A sus nueve años, Barry sufría depresiones, pensaba qué dirían las personas si lo veían con esa camisa de resaque blanca, que se ocultaba debajo de su pecho y panza, además entre las costillas bajo los pliegues de carne infantil.

Días antes del desfile se enteró que, obligatoriamente y por orden de una directora venida en años y oliendo a formol, los niños y las niñas participarían en el evento cívico vistiendo ropa deportiva. ¿Por qué no vistieron playeras mejor?, se preguntó Barry. A sus nueve años de edad ya cuestionaba los aspectos de la vida como si fuera un adulto. Barry, según le comentó su sicóloga años después, vivía en un mundo de adultos pensando como un adulto, su enfermedad lo orilló a un callejón sin salida donde las lágrimas no servían para nada. El pequeño de nueve años quería llorar grasa, adelgazar entre sollozos y que sus tristezas equivalieran a kilogramos y no pucheros ruidosos. ¿Así de enfermo estuvo Barry? Sí, porque su miedo a desfilar era muy grande, a diferencia de la fobia que esto paraliza a la persona, él tenía miedo. Según el escritor argentino y siquiatra Jorge Bucay, “el miedo es la sensación de susto frente a un pensamiento. El estímulo para la propia respuesta temerosa no está en el afuera sino en el adentro. Es la propia percepción la que me asusta, mi propia idea. Me imagino algo y, a partir de esa idea, tengo miedo. Me da miedo lo que me imagino, no lo que veo”. Así le ocurrió a Barry, él imaginó que sus amigos se reirían de él, se mofarían de su cuerpo regordete embarrado en las prendas deportivas, creó una situación imaginaria y no se permitió vivirla, enfrentar ese miedo que tenía. Así ocurrió, el día del desfile no acudió y prefirió quedarse en su casa, viendo a sus compañeros desfilar, los miró desde la ventana de su cuarto, detrás de los barrotes, como prisionero pero de sus propios miedos, viviendo una condena sin libertad condicional a menos que desafiase sus miedos, ese día no ocurrió tal cosa.

-“Me dio un pavor espantoso salir ese día. Tú te preguntarás por qué debía darme miedo desfilar en camisa de resaque; pues porque a los niños gorditos no nos gusta enseñar la panza, menos cuando vamos a la playa porque tenemos que quitarnos la camisa. Incluso a las personas mayores, llamémosles jóvenes adultos, no se desvisten del cuello hacia la barriga, no se quitan la camisa y prefieren llevarla a la playa, llenarse de arena, algunos usan trajes de neopreno, los que visten los surfeadores para no enseñar la panza chelera. Ese día recuerdo que hasta mi papá intentó convencerme de que desfilara, creo que me recomendó salir con una playera, inventando que no tenía camisas de resaque, no lo escuché porque mi miedo era más grande. Todavía en mi edad adulta me daba miedo desvestirme; verme en un espejo y contemplar la deformidad de mi cuerpo”-, mencionó Barry a sus 27 años.

En sesiones de terapia, Barry entendió que su cuerpo no era deforme. Si así fuera él tendría dos brazos, hubiera nacido con un miembro menos o con tres orejas, eso es deformidad. Su mente ideó una imagen bizarra de su cuerpo, a tal grado que ni siquiera se sentía normal. La gente “normal” no existe, si se fuera así no habría depresivos, ansiosos, manipuladores, ególatras, soberbios, demandantes, hiperactivos ni adictos. Quien se autocalifique como normal es un mentiroso, no debe señalarse como ignorante porque uno mismo desconoce a veces sus propios problemas o conflictos internos, de ser así los sicólogos no tendrían trabajo, menos los siquiatras que atragantan de pastillas a sus pacientes para dar en el clavo sobre la patología neurológica que padece la persona.

No hay porqué llorar. Este es el pensamiento de alguien que encierra sus emociones, las acumula en su cuerpo y, en el caso de Barry que padecía obesidad mórbida, sus emociones se transformaron en grasa y, a su vez, en kilogramos. Su panza formó un anillo de contención, ahí se estancó su estado anímico, comiendo cuando era feliz y triste. Él no podía explicarse por qué comía en esas situaciones, siempre la comida era fundamental en su vida, dos veces desayunaba, comía y cenaba. Tacos de carne asada, birria, tortas, pollo o pescado frito y empanizado. También gorditas, burritos, atole, arroz, cacahuates, pistaches, papas fritas, hamburguesas, hot dogs, emparedados, pizza, panes, jugos con conservadores, galletas con relleno cremoso, carne de puerco y res. Falta el pozole, menudo, albóndigas, caldo tlalpeño, carne en su jugo, tostadas, enchiladas pero tacos dorados no porque, según Barry, le dolía la cabeza con el aceite, muy hipócrita de su parte pero no los consumía. Además de cinco refrescos de sabor cola diariamente, papas con hasta dos variedades de cacahuates: sean enchilosos, japoneses o con ajo. De postre vienen los pastelitos, nieve, cafés frapés con crema batida, chispas de chocolate, nuez moscada, canela y azúcar. Incluso dulces confitados, agridulces, ácidos, con saborizantes artificiales, paletas de caramelo, gomas de mascar y la lista puede seguir para detenerse cuando el cuerpo esté harto, fastidiado de esa carga anti nutricional y depare en un padecimiento crónico degenerativo como diabetes, entre tantas enfermedades.

-“No hay gorditos felices, eso es una mentira porque por dentro estamos muriéndonos. Somos graciosos, hacemos chistes y alegramos a todo mundo para que nadie se percate de nuestra infelicidad. Hablo por mí, así me ocurrió. Si de niño no era feliz, tampoco de adulto. Todas las personas obesas que conozco se quejan porque la ropa no les queda, por las dietas matadas que hacen para bajar de peso, sus intentos son inútiles porque cuando vemos resultados botamos la dieta pensando que ya nos sabemos el plan alimenticio de memoria. Pero los atracones de comida siguen, no se detienen; se antojan las tortillas y el pan dulce, más los refrescos, pero eso me traía chingado y hoy me modero, los como en mis comidas libres”-, confesó Barry.

A un alcohólico, cuando entra a una etapa de rehabilitación, se le retira permanentemente el alcohol para sacarlo del alcoholismo. A cambio se le da un plan de vida, basado en la creencia de un poder superior, según la tradición y literatura de Alcohólicos Anónimos; este poder superior le ayudará a identificar su problema, aceptar que su vida se había vuelto ingobernable y poco a poco recuperará lo que había perdido como su familia, trabajo e identidad.

A una persona que padezca un trastorno de conducta alimentaria no se le retira la comida, se le enseña a comer adecuadamente, se instruye sobre qué alimentos le hacen bien y cuáles lo llevaron a su obesidad. Si el paciente aprende esto no caerá en un miedo a no comer otra vez papitas, hamburguesas o refrescos, puede hacerlo pero con moderación, de lo contrario existe el rebote sicológico, después el físico. La terapia de rehabilitación incluye ejercicio, la asistencia a una nutrióloga, apoyo sicológico y psiquiátrico. Existen grupos de Tragones Anónimos en México que pueden ayudar a las personas obesas para que identifiquen su fondo de dolor y, a través de la catarsis, es decir, irse conociendo a sí mismo, identifican sus defectos de carácter y cómo enfrentarlos porque estos defectos como la soberbia, la auto conmiseración, el egoísmo, entre otros, son permanentes en la personalidad pero se pueden controlar.

Entonces sí hay por qué llorar, llorar de alegría no viendo la vida pasada más sí aprendiendo que se está sólo a un paso de recaer. Barry batalló para aprenderlo, de niño sólo veía su panza. Lo peor ocurre cuando un obeso identifica su enfermedad a los ojos del otro.

Aquí comienza la historia de Barry González y su primera tribuna en Tragones Anónimos.

(*Barry González es el personaje principal de la novela En la piel de un adicto, ganadora del premio Memoria en el Alma de la Academia de Letras de la India).