No todos somos iguales, columna de Samuel Parra

Columna To Be Gordo

Por Samuel Parra

La experiencia que contaré a continuación no la voy a generalizar porque el grupo de Tragones Anónimos que conocí eran “radicales”, clavados en su alimentación, tan meticulosos para medir sus raciones de comida y con un hastío por la vida que excusaban en la Tribuna con sus anécdotas.

Cuando conocí Tragones Anónimos pesaba más de 120 kilogramos, corría el año 2009, me enteré de su existencia porque el camión que me llevaba de mi trabajo hasta mi casa pasaba por ahí. Las sesiones se hacían en un viejo edificio de la Colonia Montuosa, en el puerto de Mazatlán, Sinaloa, popularmente conocida como ‘Monstruosa’ debido a que en los ochentas se daban unas peleas de cholos campales. Afuera del edificio en mención había un pequeño letrero, casi oculto a la vista de todos que anunciaba la ubicación del grupo. Tardé varios días en decidir si acudiría o no, primero porque no sabía qué me encontraría, iba predispuesto, sin dejarme llevar por el mensaje que compartirían. Tenía una coraza a mi alrededor que no me permitía asombrarme. Por lo menos esa fue mi primera impresión, el día que me decidí a pisar ese “templo de serenidad” lo hice con la mejor intensión, lo juro, tanto así que comí ligero para sentir más culpa de la que ya tenía gracias a mis kilogramos de más. Subías como 20 escalones para llegar al salón, no sé si era una penitencia que debían pagar los recién llegados pero la bofeada, es decir la falta de aire, nadie te la quitaba, llegabas al salón escupiendo el último trozo de pulmón que te quedaba literal y entrando al departamento, habilitado como salón, te topabas con la peor sorpresa: un espejo grande, de esos rectangulares verticales donde sólo cabe medio cuerpo o puerco si las dimensiones no eran proporcionales. Era el Minotauro del laberinto emocional llamado Tragones Anónimos en Mazatlán.

Una buena mujer, de gratos modales, te recibía para darte la bienvenida y hacer el recorrido por las instalaciones. Su delgada figura fue lo primero que llamó mi atención, quizá rondaba los 60 años pero se veía bien conservada, de amable trato y voz pausada comenzó el recorrido. El departamento estaba dividido en cuatro espacios. Las paredes del recibidor fueron adornadas con cuadros donde se leía la literatura de Tragones Anónimos, basados en los 12 pasos y tradiciones de Alcohólicos Anónimos. Cambiaban la bebida por la comida, las emociones eran las mismas sólo el individuo y su historia de vida eran diferentes. A lado de esos cuadros había fotografías de varios miembros que pisaron ese grupo en su momento, tenían enmarcados los antes y después, o sea cuando eran gordos y hoy delgados, si es que así se mantenían. Como dato curioso, ellos decían que emocionalmente eran obesos porque su condición de tragar así se los demandaba, cosa que me quisieron enseñar: “Soy tragón, soy tragón, soy tragón”. Después en terapias individuales que tomé me explicaron que nuestro cuerpo natural no es obeso ni mucho menos somos tragones, se nos da un recipiente, una vasija que nosotros decidimos cómo ocupar ese espacio vacío, si lo llenas con comida, con emociones, alcohol, alegría, tu tienes al final la decisión, no la enfermedad que puede etiquetarte más no obsesionarte.

Ese fue el primer choque, cuando llegamos a la cocina, todos los sábados sesionaban a medio día y, al final, llevaban sus alimentos para consumirlos, hasta ahí estamos bien, lo raro, curioso y “freak” es que las porciones de comida y el tipo de alimento que comerías ese día debía ser exacto, el indicado, no cambiarlo. Una nutrióloga no te quita alimentos, te enseña a comer de acuerdo a la necesidad de tu cuerpo, a reconocer cuando estás satisfecho y no cometer la famosa gula. Ese grupo de Tragones Anónimos no era así, llegué con mi bandeja de queso fresco, salchichas, pepino con chile, limón y agua de Jamaica sin azúcar. Me sentí como Judas después de vender a Jesús por monedas de oro, no me vieron raro pero sí con cara de PECADOR, literal. Yo supuse que esa era una comida saludable pero tache mi amigo. No conocía su programa, pequé de ingenuidad. El espacio más importante era la sala, habilitada con sillas de metal acojinadas, estaban acomodadas de tal forma que había un presídium delante de los asientos, ellos lo llaman Tribuna porque ahí te paras y cuentas tu diario vivir. Ese fue mi primer acercamiento con la ideología de Tragones Anónimos, saber que ellos tenían un espacio físico para desahogarse.

Hasta aquí vamos bien, no hay detalles raros o que me hayan causado malestar, al contrario, hice catarsis. La primera sesión a la que acudí comenzó a las cinco de la tarde, a esa hora como que las defensas están bajas y te dejas guiar por el líder o gurú del grupo. La señora delgada y amable tomó la iniciativa, su intervención sirvió para explicar cuáles son las reglas de Tragones Anónimos, que estás ahí por tu propia voluntad, que tu vida se fue al pozo porque tocaste fondo de dolor, o sea, estás de la chingada o ya mero te mueres por un infarto de tragar tanto. Además te informan que tu enfermedad radica en el alma, que el problema es el manejo de tus emociones y tienes que seguir doce pasos para calmar tu ansiedad de comer. ¿A qué me suena esto? A terapia sicológica. Aclaro, no es malo acudir a estos grupos, simplemente que la ayuda no es igual para todos, hay quienes con una palmada en la espalda se alivianan, otros necesitan la guía de un padrino o madrina, que son individuos que conocen al dedillo el programa y están capacitados para ayudarte a entenderlo y ponerlo en práctica.

En mi caso me aventé como el borras, ya había acudido a terapia en el 2007 pero la sicóloga no logró diagnosticar que padezco un Trastorno de Conducta Alimenticia. Caí ahí por suerte, como muchos recién llegados lo hacen. Bueno, terminó la letanía de la presentación, cada miembro se presentó mencionando su nombre, edad y cuánto tiempo tenía en recuperación. –Hola, mi nombre es Samuel, tengo 26 años y soy tragón anónimo-. Así me indicaron que me presentara, hice mi debut en el mundo de los enfermos emocionales cuya sustancia tóxica es la comida. Amen por esas palabras porque ya no las digo, ni de broma, soy paciente TCA, lo tragón es un calificativo personal que tomé, puedo decir a la comida “no” y sólo por hoy no domina mi vida. Esa es la esencia de toda recuperación, vivir un día a la vez, no estar en el pasado porque caerás en la tristeza, no correr hacia el futuro porque la ansiedad te consumirá, esto te generará estrés que se transforma en depresión. Triste o feliz tienes auto estima porque este concepto no significa que estés con una sonrisa siempre, quiere decir que reconoces el estado de ánimo que tienes. Una autoestima baja genera depresión dando el peor desenlace llamado muerte.

Cuando una mujer tomó la Tribuna para hablar de su diario vivir, contó lo que cotidianamente nos ocurre: mi carro no encendió, el jefe me regañó, mis hijos son un desmadre, el marido es un huevón, se me quemó la comida. No hay nada fuera del otro mundo, todo es similar, la única diferencia es que después de esas situaciones que generan estrés y ansiedad pues te pegas un atracón de comida, sientes una culpa de la chingada y tu autoestima está en su nivel más bajo porque sabes que no controlaste tus emociones y permitiste que esa situación te hiciera tragar como animal amarrado. En ese momento mi pregunta era -¿Qué chingados voy a decir?- Me sentía beisbolista cuando el narrador anuncia que saldrá al juego ¡Al bat el parador en corto Samuel Parra! Y que comienzo a contar mi verdad; o eso creí. Te invito a leer la próxima columna en dos semanas más. Felices 24 horas.