¿Cuánto cuesta ser obeso?, columna de Samuel Parra

Por Samuel Parra

Antes de los ocho años era un niño “güilito” (muy delgado), así me llamaba mi abuelo José; se me veían las costillas entre los pliegues de carne, algo que hoy se oculta entre bultos de grasa. De esas veces recuerdo cuando mataban a un puerco en el patio, era todo un espectáculo porque los primos nos reuníamos alrededor del chancho para verlo sufrir mientras un adulto le encajaba el cuchillo debajo del cuello para desangrarlo. Aquel chillido de dolor retumbaba en las paredes de la casa de los abuelos como campanadas fúnebres; escurría la sangre hacia las coladeras en un cauce funesto sin retorno.

Carlos Salinas de Gortari estaba al mando del país, y en ese entonces, lo recuerdo, comprarte un taco de picadillo en la primaria costaba tres mil pesos, el refresco en bolsa valía cinco mil pesos y los vasitos con pepino 2 mil 500 pesos, ese era el alimento que un niño comía en una escuela de clase media baja. A la salida, con la temporada de calor, se antojaban las paragüitas; en una copa pequeña de campechana se ponía hielo molido para hacer la forma de un cono y al cual se le vertía jarabe de fresa. Era una ricura con el calor encima de ti, ese manjar de oasis costaba cinco mil pesos. Si tu mamá traía dinero podías comprarte un vaso con ceviche y tres tostadas por diez mil pesos, lo llenabas de Salsa Brava para llegar a tu casa con los labios hinchados por el sabroso picor.

Cuando era adolescente, allá por 1998, desconocía que la obesidad era una de las enfermedades más caras por los costos de salud asociados con ella. Según la Organización Mundial de la Salud, las personas obesas gastan 77 por ciento más que otras en medicamentos y 36 por ciento más en salud. Eso lo puedo traducir en la infinidad de veces que mis padres compraron medicamentos para desinflamar mi tobillo derecho, era cliente consentido de este mal, pisaba con miedo, caminaba temeroso cuando había piedritas porque sabía que el dolor sería fatal emocionalmente. Y mi mamá siempre repetía: “Baja de peso, no te pueden tus piernas, por eso te doblas los tobillos”. A mí me molestaba, me encabronaba que repitiera la misma cantaleta todos los días.

Una caja de Flanax cuesta entre 45 y 70 pesos, depende dónde lo compres, más la pomada como Árnica, súmale 100 pesos, y la venda unos 35 pesos; también puedes ponerte un calcetín si te da flojera vendarte. Me costó caro aprender esa lección, bueno, a mis papás.

Tenía 16 años cuando jugaba en el Parque Martiniano Carvajal, frente al Malecón de Mazatlán (donde vive un servidor actualmente en Sinaloa, México), unos tíos oriundos de Michoacán abrieron un negocio de carnitas frente al parque y todos los días los visitaba, comía tacos gratis, estaban bien sabrosos, más por las salsitas picosas y la tortilla era doble por taco. En una de esas tantas comilonas me fui a jugar al parque, siempre me gustaron los columpios pero hoy me dan pavor porque esa vez fueron mi guillotina, había una fila de tres columpios ocupados y un señor súper gordo (uso ese calificativo porque el individuo apenas cabía en el asiento del juego); se columpiaba con tremenda agilidad, velocidad y fuerza. Yo estaba seguro que no restaba mucho tiempo para que saliera volando y cayera encima de alguien. Ese era el pensar de un puberto ignorante, un joven contingente que se subió después a ese columpio precisamente y, ya sabes: cuando estiras los pies el columpio te lleva hacia delante y el ritmo del péndulo hace que recojas tus pies cuando vas hacia atrás, y eso hice: recogí mis pies pero las cadenas del juego se rompieron, las abrazaderas perdieron fuerza zafándose en el aire y todo mi peso cayó encima de mi pierna derecha que quedó debajo del asiento metálico. El dolor era insoportable, sentía que la piel me quemaba, no me podía mover, lloré mucho porque jamás me había sentido así. Mi tío Alfredo corrió a ayudarme, no sé de dónde sacó fuerzas pero me levantó del suelo y me llevó cargando hasta una silla donde pude sentarme… fractura de tibia y peroné, reposo forzoso durante tres semanas y cuatro meses con la pierna enyesada.

Por un tiempo lo disfruté porque era estudiante de secundaria. Vacaciones a largo plazo y chiqueos de mamá codependiente. Esto se repitió en la vida adulta, tenía 25 años cuando una caída me provocó un esguince en la misma pierna. Trabajaba como reportero del periódico Noroeste, cubría una nota en una reserva ecológica; para ese entonces ya usaba puro botín cuando trabajaba para intentar mermar el daño si me doblaba el tobillo. La verdad no sé si funcionó pero estuve casi dos semanas en reposo.

Si vamos más allá de los efectos negativos de la obesidad que se pueden cuantificar, el Instituto Mexicano para la Competitividad lanzó un reporte llamado “Kilos de más, pesos de menos”. Explica que anualmente se pierden 400 millones de horas laborales por la diabetes asociada al sobrepeso y a la obesidad, que equivale a 184 mil 851 empleos de tiempo completo. Esto a su vez representa 32 por ciento de los empleos formales creados en 2014.

Por fortuna no padezco diabetes todavía. Sé que llegará a mi vida por la carga genética de mis padres. Esta enfermedad se llevó a mi mamá Petra, mi tía Gero en Ixtlán del Río Nayarit; también a mi tío Jorge en Los Ángeles, California, su caso fue triste porque lo que empezó con un By Pass en el corazón terminó con la amputación de ambas piernas, más el desausio de parte del sistema de salud del país gabacho porque ya no quisieron apoyarlo económicamente.

¿Qué me costó más trabajo? Entender que la adicción a la comida radica en el alma, aquí entra la catarsis, das lo que recibes. En el camino puedes toparte con un grupo de Tragones Anónimos, es la misma filosofía de AA (Alcohólicos Anónimos), sólo cambian la sustancia. Ellos llaman “tribuna” al acto de desnudar el alma, desprenderla de sus atavíos. Es compartir el diario vivir frente a un grupo de desconocidos, hermanos de adicción; unos a otros se ayudan para levantar el fondo de sufrimiento sin auto conmiserarse, detallando lo crueles que fueron con otras personas durante sus días de consumo. Llámese “hermandad” al círculo íntimo que conforman los adictos. El alcohol, drogas, comida, tabaco, apostar, exceso en el trabajo, violencia, neurosis, depresión, codependencia son tan sólo el síntoma porque todo caso atraviesa cinco etapas: negación, justificación, negociación, resolución y aceptación. Son síntomas porque la enfermedad radica en el alma. Quitarle la botella a un alcohólico no cura el síntoma si no le das algo a cambio. ¿Qué le puedes dar a un alcohólico si ya le retiraste la botella? Puedes darle la fe que perdió, no en sí mismo porque su inteligencia lo tiene hundido, sino su fe en un poder superior, creer en algo que no sea él mismo, llámase Dios, Alá, Jeova, Jave, Buda o incluso los padres, hijos o un grupo de Alcohólicos.

Llamese “enfermedad” a aquella adicción que yace en el alma. A los ojos de otros se manifiesta a cada momento, la neurosis del adicto no conoce límites y altera a su círculo social, lo que provoca un distanciamiento de su familia y amigos. Para un adicto hay tres caminos seguros: cárcel, hospital y la muerte. La enfermedad radica en el alma porque no hay conciencia de lo que está pasando, significa darse cuenta de las cosas, si una persona llega a este estado, es decir a darse cuenta, su fe se restablece y tiene un despertar espiritual. Cuando los adictos se “confiesan”, en estas “tribunas”, mencionan la frase “Sólo por hoy” contaré mi verdad. La fuerza del “Sólo por hoy” radica en observar el mañana como el presente, no niega el futuro sino que lo afirma en el hoy, desde este día construyes para mañana.

“Sólo por hoy” cuentan sus anécdotas y así no resulta pesado siempre hablar durante el periodo de su recuperación que lleva meses o años. La primera sesión permite una presentación semiformal entre hombres y mujeres adictos como el alcohol, tabaco, piedra, cocaína, marihuana, cristal, éxtasis, “Ice” y todas aquellas delicias que un drogadicto acaricia con sus manos como un tesoro sagrado, siendo una metáfora del Santo Grial donde los pecadores desperdician la sangre pura, escupen la carne del creador hecha ostia, los más arriesgados se inyectan aquella carmesí divinidad. Y mientras la comida también se considera una adición, cuando la necesidad de comer pasa a un abuso y después se vuelve una compulsión obsesiva, los culpables no son la comida rápida ni el capitalismo, sino uno mismo.

¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? Cuando te das cuenta que sí puedes bajar de peso. Que quizá no fue necesario pagar más de 100 mil pesos para internarte en una clínica contra las adicciones; que quizá no fue necesario gastar 20 mil pesos en un preparador físico, acá mega mamado; que quizá no fue necesario limitarte de comer esos antojitos que tanto fascinan.

Confía en los médicos familiares de tu clínica particular, por más mala fama que pueda tener la institución, muchos de ellos están preparados. Acércate a una nutrióloga para que conozca qué te gusta comer, él o ella no te “matarán” de hambre, te enseñarán cuáles alimentos te nutrirán sin afectar tu cuerpo y organismo. Comerse unos tacos es delicioso, echarte un pozole no tiene perdón de Dios, con una hora de ejercicio al día puedes seleccionar cualquier platillo del menú. No somos responsables de engordar, pero sí de nuestras emociones. No hay libros ni manuales para ser feliz, disfruta viviendo un día a la vez, así la vida y los kilos de más son menos pesados. Felices 24 horas.