Descivilización y “cuenificación” de Sinaloa l Columna de Guillermo Ibarra

Por Guillermo Ibarra

¿Qué pasa en México en las últimas décadas que pareciera vivirse una especie de descivilización, un enorme retroceso en nuestra modernización nacional?

La corrupción y la impunidad como sistema de gobierno han vuelto con el mismo ímpetu que en el siglo XIX, una época de fueros.

Los carteles de la droga compiten con el poder del estado el control de las calles y en coyunturas críticas lo desafían en zonas geográficas enteras. Avanza en la clase política un ethos depredador, pues buscan enriquecerse a la luz de día violentando sin pudor leyes e instituciones.

Las personas empiezan a aceptar estas situaciones como normales, no sin indignación.

Y aunque en algunos estados se ha quitado el fuero a las autoridades electas para poder ser procesados por ilícitos, pueden eludir la justicia los gobernadores, presidentes municipales, diputados y hasta el mismo presidente de la república.

Grupos de poder mafioso se apoderan cada vez más de franjas del estado, como en Sinaloa, donde reformaron la Constitución estatal para limitar al Congreso su capacidad de sancionar las cuentas públicas

¿Cómo explicarnos eso, más allá de juicios sobre buenos y malos políticos?

Hay un contexto general.

Con la irrupción de la globalización y la sociedad informacional, en México y sus diferentes niveles geográficos, emergieron una economía, cultura y consumo cosmopolita, hubo avances en la democracia formal, de la tolerancia, múltiples mecanismos de transparencia y avances tecnológicos puestos a la mano de todos como los teléfonos inteligentes. Gana terreno la equidad de género y el reconocimiento de los derechos humanos.

Esto es posible por una aceleración del proceso de civilización que caracteriza a la sociedad moderna que surgió desde el siglo XVI en Europa. Por una nueva modernidad o posmodernidad.

Norbert Elías, en el Proceso de la civilización (http://bit.ly/2upwOHy) lo explica como la historia de la conformación de espacios sociales en donde avanzan correlacionados dos fenómenos.

Primero, el autocontrol de impulsos de los individuos para no traspasar límites de lo moralmente aceptable por la sociedad y junto a ello una creciente transformación estructural que centraliza el poder y el manejo de la violencia en el estado. Sobre esta base la economía de mercado y el estado liberal pudieron constituirse en mecanismos articuladores de la sociedad.

Este sistema entra recurrentemente en crisis de diversa índole.

La racionalización de la sociedad civilizada conoce formas de retroceso y recambio de diferente intensidad cuando precisamente se relajan o cambian las formas de autocontención del individuo y hay un socavamiento del monopolio de la violencia legítima por el estado. Aparecen oleadas de violencia social de diferente índole: terrorismo, xenofobia, violencia de género y doméstica, conflictos armados, conflictos bélicos internacionales.

Estos procesos son entonces descivilizatorios, y  Alejandro García: http://bit.ly/2vNZU2Y), los encuadra en dos modalidades: discivilizatorios y  decivilizatorios.

Los procesos discivilizatorios constituyen, una especie de cambio de ruta de una trayectoria histórica más general que avanza, sin poner en riesgo la supremacía el monopolio de la violencia legítima en manos del estado.

Pueden manifestarse en crisis políticas, culturales o de cambio generacional, al surgir nuevos hábitos sexuales, creencias religiosas, formas de entretenimiento, vestido y alimentación, que generan disturbios y conflictos sin poner en riesgo la cohesión social.

Los segundos son procesos decivilizatorios, de mayor hondura, y aparecen cuando ocurre pérdida del monopolio de la violencia y legitimidad en manos del estado, aumento de la violencia social y puede conducir a verdaderos colapsos como el holocausto y el genocidio.

En México hay una combinación de ambos procesos civilizatorios y discivilizatorios, haciéndose más abarcante la dinámica decivilizatoria que puede conducirnos a formas de descomposición nacional funestas.

Las dificultades para imponer en la práctica el sistema nacional anticorrupción pone en la superficie al México corrupto que heredamos desde el siglo XIX, y permiten atisbar algo más profundo.

Hoy en días se refuerzan los blindajes que tiene la cleptocracia gubernamental para enriquecerse, se envilece la vida electoral, se agigantan los poderes fácticos, el estado de derecho tiene zonas cada vez más amplias de ficción, y la autocontención moral y ética de los ciudadanos se relaja.

La salida está en una renovación de la vida de México;  coincide con fuertes reclamos de grupos de la sociedad contra la corrupción y la impunidad. Parecemos entramados en otra disputa por la nación.

La “cuenificación” de la política sinaloense

La descivilización mexicana se encuentra activa en las regiones. En las últimas dos décadas ha ocurrido en Sinaloa una expropiación del estado por grupos de poder fáctico que ya configura una sociedad con crecientes aberraciones institucionales, legales, políticas, psicológicas y culturales.

A los viejos vicios de los partidos políticos tradicionales se sumaron nuevas prácticas de corrupción proveniente de segmentos delincuenciales de esferas empresariales corrompidas, carteles del narcotráfico y particularmente del grupo que controla a la Universidad Autónoma de Sinaloa, que se ha convertido en un factor de la nueva gobernanza mafiosa de Sinaloa, y a la vez un “laboratorio” de decivilización.

Por más de tres lustros la burocracia de la UAS ha tenido una especie de concesión por parte de los gobernadores en turno para hacer y deshacer internamente a cambio de tenerlos como aliados políticos.  Le otorgaron leyes orgánicas a modo, les dieron el control de las juntas laborales, impunidad para el manejo de recursos financieros, para violar derechos humanos, e incluso les autorizaron crear un partido político estatal, el PAS, con el que cogobiernan.

El líder e intermediario de esa burocracia, el exrector Hector Cuen, presidente del PAS, epitomiza los métodos incivilizados de hacer política, que son ahora moneda de curso en todo Sinaloa, que experimenta una “cuenificación” de las instituciones públicas, y abonan el terreno a la formación de un Estado mafioso.

Un ejemplo es la reciente iniciativa de ese partido en abril de este año, para reformar desde el Congreso el Código Familiar, Código de Procedimientos Familiares y Código Civil buscando limitar la libertad de expresión.

El diputado del PAN Carlos Castaños cuestionó esa iniciativa señalando que “Sinaloa no es la UAS”, en alusión a que se intentaba copiar formas de hacer política de esa institución a todas las instituciones del estado ( http://bit.ly/2uRet8G).

La última acción de esta “cuenificación” son las reformas al artículo 37 de la Constitución Política de Sinaloa, aprobadas por las bancadas del PRI, PAS y PANAL para quitarle al pleno del Congreso atribuciones para revisar directamente las cuentas públicas.

Esto va a seguir.

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Profesor del doctorado en Estudios Regionales de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Doctor en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha sido también profesor de la UNAM, ENAH, e investigador en las Universidades de Illinois en Urbana Champaign, Universidad de California Los Ángeles y Universidad de Texas en Austin. Su campo de docencia es desarrollo regional, estudios urbanos, economía política y estudios de la globalización. Ha publicado trece libros de autor y doce coordinados en estos mismos campos, así como cuarenta artículos de investigación. Ha asesorado 30 tesis de licenciatura, maestría y doctorado, Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores desde 1994 y actualmente es nivel III. Tiene experiencia en gestión institucional como Director de la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la UAS, secretario académico de la UAS, Secretario Ejecutivo de ANUIES (región Noroeste), presidente de la Asociación Mexicana de Estudios Canadienses e integrante del Internacional Council for Canadian Studies.