Comer y sentir, columna To be gordo, de Samuel Parra

Por Samuel Parra

Cualquier evento social es pretexto para desabrocharse el pantalón, recorrer un orificio más del cinturón, desfajarte la playera de resaque y tu camisa de manga larga porque en ese momento vas a tragar.

El gordito que es Comedor Obsesivo Compulsivo o la chava llenita que tiene un Trastorno de Conducta Alimenticia (que no sea bulimia ni anorexia pero sí que le empaque sabroso a la comida) me entenderá cuando les digo que fiesta es igual a comilona llevada a su máximo nivel.

Mi buen lector, si apenas diste con esta columna y te preguntas ¿Por qué hablo de la obesidad? Te respondo así: soy un mexicano que todos los días sobrevive a la obesidad y cuento a las personas qué retos enfrento para poner al margen a la ansiedad y no caer en una vorágine ingesta de comida. Sí, soy un tragón obsesivo compulsivo que escribe para lectores sensibles, cautos de emprender un cambio de actitud pero frágiles emocionalmente para defender su vida ante la adicción a la comida.

Las fiestas son puntos de reunión para familiares y amigos, muchas celebraciones las viví en compañía de mis seres queridos. Y existe algo muy interesante, las fronteras regionales sí marcan la diferencia en cómo se come y en qué cantidades. Por ejemplo, hacia el norte de Sinaloa (porque vivo en este estado y no comparto el #PuroSinaloa) la degustación de carne asada, parrilladas, barbacoa y birria predomina con sus kilogramos de tortilla y cervezas Tecate. Hacia el sur de la entidad, allá para Mazatlán donde un servidor radica, las fiestas familiares son como un desfile de moda: cambiará la estación del año pero siempre es el mismo platillo. Y así va el menú, marlín en escabeche (preparado con zanahoria, cebolla, rajas y papas que se acompaña de hierbas de olor y vinagre); frijoles puercos (de preferencia mayocoba se pone a calentar manteca con chorizo de El Rosario, Sinaloa, se agregan los frijoles poco a poco mientras se revuelve con el caldo de chiles jalapeños, queso Chihuahua rayado, sus respectivas rajas y sardinas o atún. Además se le agrega salsa de botella y se coronan los frijoles con cuadros de queso amarillo); Sangüichón o pastel de atún (a una barra de pan blanco le quita las orillas y las coloca en un refractario de cristal o plástico, el atún lo mete en la licuadora con queso crema, chile chipotle hasta dejar una mezcla cremosa, con eso baña los panes capa por capa y decora con chile morrón) y por último sopa fría (esa de codito con cuadritos de jamón, queso amarillo, apio, cebolla y harta crema con mayonesa). Y si cree usted lector que estos son aperitivos pues no, son los platillos fuertes y falta el mejor: ceviche de sierra. Compre medio kilogramo de sierra en la pescadería de su preferencia y cúrtala con limón, después le agrega tres kilogramos de zanahoria rayada, así se lo comen en Mazatlán, es más verdura que pescado, el cevichero te vende a 20 pesos la tostada de ceviche de zanahoria y la sierra bien gracias. Todo esto lo acompaña de refresco o cerveza Pacífico, la marca que ya no es de la casa, es decir de Mazatlán sino de los europeos.

La descripción anterior ocurre tal cual en cualquier evento y estatus social, diría José Alfredo Jiménez (compositor del Corrido de Mazatlán) “Aquí hasta un pobre se siente millonario”y sí porque la gastronomía de este puerto desconoce nivel socio económico, todos comen parejo más no del mismo plato chato, no mezclemos magnesia con gimnasia.

¡Hey lector! ¡Compa! Tome aire, parpadee cinco veces, beba agua de un vaso porque nuestro viaje emprende vuelo hacia el sur, a las tierras de Tata Lázaro Cárdenas, llegamos a Sahuayo, Michoacán, de donde son las mejores carnitas de puerco en México. Tengo parentesco con estas tierras porque mi madre es michoacana. Como dato curioso, toda la comida se cocina con manteca, desde huevos al gusto hasta los frijoles refritos, en Mazatlán la raza está más “agringada” y usan el Pam o aceite en aerosol; los hipsters, ecologistas, vegetarianos y amos del “blof”consumen el aceite de coco o de semilla de girasol. Si hablamos de las comidas familiares en Sahuayo, donde se reúne toda la parentela e invitados, tenemos que dividirla en diez partes: botana, más botana, atáscate de botana, plato fuerte, plato más fuerte, plato de despedida, postre, más postre, tómate la azúcar y bienvenido al mundo de los diabéticos. Mi editor no me dejará mentir porque él y una amiga fueron testigos de esta depravada manera de comer, utilizo este adjetivo calificativo porque es un atentado contra cualquier régimen alimenticio balanceado, dieta o nutriólogo casado con la idea de que la cantidad de proteína que debes comer es aquella que sea del tamaño de tu puño.

Este párrafo será sólo para mencionar las botanas que se acostumbran comer en Sahuayo durante una fiesta familiar: fruta de temporada donde prevalece el mango, jícama, pepino, sandía, chayotes hervidos, elotes, camote del cerro, piña, granadas, ciruelas, pasas y frutos secos. Después siguen los cueritos y patitas de puerco en vinagre, tostadas con requesón, queso de puerco, untadas de guacamole o pico de gallo. Cacahuates machos (con chile de árbol), salado o japones, churritos de masa, harina, horneados en trenza, tiras o redondos. Papas fritas naturales (hechas en casa de un pariente, primo de un amigo que resulta tu familiar porque Sahuayo es pueblo chico, infierno grande, todos se conocen y hasta con las primas te casas si no te das cuenta), ensalada de nopales, ensalada de papa, ensalada de queso, rebanadas de queso oreado, queso fresco, queso Chihuahua, de puerco (¿Otra vez? Sí, lo comen mucho). Tripitas de puerco, chicharrón duro (del que cruje cuando lo muerdes), frijoles con queso, frijoles refritos, taquitos de frijol. Por favor, hoy lunes hágase una Biometría Hemática después de haber leído todo esto… viene plato fuerte y postres. Esto no es lo que acostumbran comer en varias fiestas, aclaro porque todo lo anterior se consume en un solo evento y faltó mencionar la bolsa de Cheetos chafas del mercado que venden a granel.

Plato fuerte va con las carnitas, chicharrones, birria de chivo hecha en cajón, hígado encebollado, riñones para picar (esto debería ser botana pero los triglicéridos demandan que sea plato fuerte), tacos de pastor, tacos de bistec, cachete, trompa, buche, nana, cabeza, lengua, ojos, sesos, chilaquiles, frijoles en sus distintas presentaciones, carne con chile, arroz a la jardinera con pepino, chile frito, longaniza asada, frita o con queso chihuahua, fritangas, discada, cecina, milanesa, alitas de pollo, pencas de nopal asada y hasta aquí porque sería imposible de creer. El postre lo resumo en chongos zamoranos, obleas con cajetas o la tía consentidora que siempre trae la caja de galletas con surtido rico.

¿Y cómo creen que uno termina después de comer todo o un poco de todo? Quedas acedo del estómago, con muchos gases, eructas constantemente, diarrea por la grasa de la carne y dolor de cabeza por la manteca con que se preparó la comida. No niego que es delicioso todo lo que he descrito pero te queda un remordimiento horrible después de comer tanto. Si haces ejercicio no hay problema, con una buena rutina lo bajas, si eres sedentario subirás de peso con justa razón.

La moraleja es: no importa qué comes, en qué cantidad ni qué tan frecuente sino cómo te sientes emocionalmente antes y después de comer. Si permites que tus emociones dominen tu necesidad de comer pues hay un problema, porque comemos para vivir más no vivimos para comer. El adicto a la comida busca saciar su ansiedad y llenar su depresión incluso euforia con alimentos. Puedes comerte una vaca, ser feliz, nada te recriminará. Puedes comerte una hamburguesa con coca de dieta y papás porque nadie te cuestionará. Pero no te digas a ti mismo “mañana inicio dieta”, “ya voy a bajar de peso”o voy a buscar un nutriólogo o un gimnasio para ir”, estos son conocidos como Propósitos de Año Nuevo porque rara vez los cumplimos. A título personal, mi batalla diaria es levantarme a hacer ejercicio, no comer tacos en la calle ni beber refresco de cola, cada día que no lo hago me siento realizado, feliz, contento porque voy un día a la vez, pero cuando fallo termino hasta vomitando como si eso hiciera regresar el tiempo o simplemente sacara la grasa que me comí. Mientras contemos nuestro día a día en 24 horas será más fácil. Te hablé de mi familia, las tradiciones de Mazatlán y Sahuayo para que sepas a lo que me enfrento cada fiesta o temporada vacacional. Soy hijo de un abarrotero, crecí entre estantes de comida chatarra, golosinas y bebidas carbonatadas. Estuve en el paraíso que a todo niño o niña le gustaría habitar pero muy tarde aprendí que comer mucho tiene sus consecuencias y más cuando poco a poco se genera una fuerte codependencia que afectó a mis seres queridos.

Para terminar, no te auto conmiseres, no tengas lástima de ti mismo mejor arrodíllate, da gracias a Dios o en quien tú creas por este nuevo día que recorres y no esperes nada, sólo vive. Felices 24 horas.