La talla sí importa, columna To be gordo, de Samuel Parra

Por Samuel Parra

Alrededor de mi cintura serpentea un sinuoso camino que se imprime en la piel como un tatuaje imborrable en mis emociones. Son las franjas del pantalón talla 36 que oprimen mi abultado vientre que se resiste a ser talla 38

¿A cuántos de nosotros nos molesta usar ropa holgada? Esas prendas que te quedan exageradamente grandes porque, por desgracia, no hay una línea “Slim” para gorditos, tienes que vestirlas porque los obesos usan prendas descomunales, camisas donde entran dos personas delgadas y pantalones para cuatro piernas.

Ese es el mercado mexicano, vas a las tiendas departamentales y se te van los ojos viendo la ropa bonita, colorida, de diseños llamativos que deseas de corazón vestirla pero te desilusionas cuando pides esa camisa azul en talla 40 y sólo llega a 34. ¡Oh desilusión!

A título personal aprendí tres lecciones importantes cuando eres obeso y vas a comprar ropa: En México (principalmente las ciudades de provincia) no hay ropa para gordos. La mercadotecnia nos impuso los maniquíes perfectos como dioses de la moda donde clavamos la mirada y ellos apuntan hacia nuestros corazones.

Esto lo tengo bien macheteado (técnica de aprendizaje forzoso donde la repetición del concepto permite memorizar una lección) porque mi madre se hizo experta en buscar ropa que me quedara. Cual cachorro de leona, flanqueaba a la líder de la manada, mientras recorríamos aquella estepa imaginaria donde los anaqueles hacían de elefantes metálicos para exhibir las prendas de vestir.

Y sin darnos cuenta pasábamos de la jungla a los casinos, ahora mi madre era una crupier buscando la mejor carta o el número de talla indicado: 24, 26, 24, 24, 28, 24, 22, 30, 24. –Señora aquí hay un pantalón 36 para su gordito-. Mi cara era un semáforo que pasaba del ámbar al rojo de vergüenza. ¿Qué nivel de autoestima tenía en ese momento? Cero autoestima a mis 16 años cuando era talla 36, y mi amigos apenas llegaban a la 28.

¿Quién tenía la culpa? ¿Los padres sobreprotectores? ¿El consumismo mercantil? ¿La ausencia de sensibilidad de los productores textiles por no hacer prendas más grandes pero bonitas? No, el único responsable era yo, pero desconocía que había un problema más a fondo, un trastorno de conducta alimenticia.

La segunda lección que aprendí fue: Si ya sabes cuál es tu problema, pues soluciónalo. El dilema de la ropa tenía una solución factible, concreta y sencilla llamada acondicionamiento físico, el temible ejercicio, el Baba Yaga (Ver la película John Wick) de los gorditos perezosos. Actualmente vivo en Mazatlán, un puerto precioso con kilómetros de playa para caminar, tenemos el faro natural más grande del mundo para recorrer su camino hasta la cima y falta mencionar el malecón que puedes transitar a pie, bicicleta, patines o patineta. Hay gimnasios a la orilla de la playa, entrenadores físicos de Yoga, Crossfit, TRX, Pilates, juegos de exhibición de voleibol, futbol sobre arena y hasta clases de boxeo. ¿Qué más quieres para hacer ejercicio?

Desde la preparatoria, cuando suponía tenía mayor conciencia de mi problema con la obesidad, me iba al malecón a caminar. Si tenía ánimos de ejercitarme pues recorría hasta tres kilómetros; la distancia la medía entre las luminarias pero si tenía flojera me iba a un hotel llamado Plaza Marina donde en su último piso, con una espectacular vista al mar, tenía un salón de video juegos donde el mejor era una “Aqua moto” que cuando la montabas se escuchaba la canción Surfin’ USA que The Beach Boys lanzó al mercado en 1963.

También asistí tres días a clases de Karate-Do que impartían en la Preparatoria Rubén Jaramillo, de la Universidad Autónoma de Sinaloa, el estilo era Shotokan, que se caracteriza por golpes rectilíneos penetrantes, bloqueos y chequeos angulares. Además de mantener posiciones bajas durante gran parte de su ejecución. Todo esto jamás lo aprendí, algo así nos dijo la Sensei en su momento. Sinceramente no intenté esforzarme, lo abandoné porque me sentía ridículo dando patadas y golpes sin saber darlos, no me di la oportunidad de asimilar cómo pararte, dar un golpe y saludar a tu oponente. Eso sí, soy un experto en Dragon Ball y todas sus sagas, me sé el nombre de todas las técnicas y personajes, tanto así que todavía miro los videos de este ánime en Youtube y mi esposa me regaña porque no la dejo dormir en la noche.

La última lección que aprendí fue: Tarde o temprano la moda te acomoda. En el 2010 era ilógico, impensable, imposible y categóricamente irreal encontrar una camisa XXL marca American Eagle, Hollister, Zara, Old Navy o Abercrombie que fuera talla a tu medida. Esas prendas vienen reducidas, diseñadas para un consumidor delgado cuando olvidan que el grosor mexicano tiene sobre peso.

¿Y por qué digo tarde o temprano? Porque la obesidad duele, ser gordo es incómodo, molesto y cansado. Pocos entienden que la enfermedad puede transformarse en tu salvación si aprendes a estarle agradecido… ¿Cómo agradeces ser gordo? Porque seguramente ya tocaste fondo de dolor, lloraste a solas porque te ausentas de las fiestas pues no tienes ropa bonita para vestir y rechazas cualquier relación social. Todo esto te lleva a buscar ayuda profesional, una nutrióloga, un preparador físico incluso un grupo especial sicológico cuando tu problema pudiera ir más allá de comer.

Tarde o temprano llegarás a tu peso ideal, no te desesperes, sólo déjate ayudar y tu nuevo problema será decidir cuál camisa ponerte porque la sección de ropa para caballeros será tuya nada más. Felices 24 horas.