Cadenas de ‘amor’ I Columna To be gordo, de Samuel Parra

Por Samuel Parra

¿Puedes sodomizar a un refrigerador? No lo sé pero creo que mis padres lo intentaron. A mis 16 años sabía que no era normal que el “refri” tuviera cadenas gruesas entrelazadas en las agarraderas, súmele un candado Hermex con cuerpo de hierro, gancho corto y cilindro metálico con seguro tipo perno. Todo estaba bien calculado para evitar que ocurriera lo inevitable: un atracón de comida. ¿Y ocurrió? Sí porque encontré las llaves que liberaron de su martirio al esclavo asexual, el sigilo fue mi compañía esa noche cuando violé el candado, retiré las cadenas, agarré toda la comida que pude y, sin querer, entré al círculo de sodomizar a un electrodoméstico.

¿Recuerdan la película Pulp Fiction? De Quentin Tarantino estrenada en 1994, la escena que jamás olvidaré fue cuando vi a Marsellus Wallace (Ving Rhames) siendo sodomizado por un maniático sexual que muere de un golpe con espada que le propina Butch (Bruce Willis), después de ser liberado de su tormento, Marsellus dispara en los genitales a Zed (Peter Greene) y lo sentencia diciendo -I´m gonna git medieval on your ass-. ¿A dónde quiero llegar con esto? La vida de un gordo es como follar en el aire, no llegas a nada, eres esclavo de los antojos y los achaques son la Dominatrix de tu aletargado cuerpo. Esto lo aprendí a la fuerza, igual que las películas de Woody Allen donde el personaje rompe la cuarta pared e interactúa con su público. A final de cuentas es violencia sicológica interpersonal, esto sucede cuando comienza el conflicto de la auto conmiseración.

Las cadenas de amor son irrompibles, imaginarias como los sentimientos y saladas cuales lágrimas derramadas por una víctima de su propio cuerpo. Tenía menos de 12 años y todavía cursaba la primaria, era la Escuela General Ángel Flores y cada 20 de Noviembre sus alumnos participaban en el Desfile de la Revolución Mexicana. Si participabas en la tabla rítmica, disciplina donde se me obligó a integrarme, tu uniforme debía ser color blanco, tenis, short y camisa de resaque. Sí, ese tipo de camisa, sin mangas, cuello redondo con tela casi transparente. Todo pudo haber trascendido sin problema, participando en la formación de pirámides, yo iría en la base sosteniendo el peso de mis amigos, seríamos una sólida estructura humana, capaz de alcanzar el cielo rozando las nubes que coronaban la cúpula celeste… había un pero, yo tenía vergüenza de vestir camisa de resaque, mi miedo era que los niños y niñas se burlaran de mi cuerpo “deforme”, con pancita rechonchita y “chi chis” de niña, sentía que estaba caminando “bichi” (desnudo) por la calle mientras un torbellino de comentarios lascivos me engullía hasta devorarme. El desfile pasó por la calle de mi casa, observé su marcha desde la ventana en la habitación de mis padres, reconocí a mis compañeros, la excusa fue sencilla: el niño se sintió mal; mi mamá salvó el día. Mi sicóloga Verónica de Santiago me explicó que la obesidad recae en las emociones, donde todo es visceral pero me trago lo que siento, no lo expreso y detonan los insanos juicios: ahí viene el colapso personal junto a las ganas de comer.

Una buena amiga, a quien apodaré “Rabanito” pasó por algo similar pero más sutil y tierno. Ella tenía arrancones de comida, sus padres se percataron de ello. ¿Cuál fue la solución? Colocar una pequeña chapa en el refrigerador. Terminaba la cena, echaban llave al electrodoméstico y no había “purrún”, nada pasaba pero el problema derivó en rebeldía, crisis familiar y abandono del hogar, esto me lo confesó tiempo después y jamás imaginé que ella hubiese vivido algo así, a nadie se lo deseo. Esas experiencias marcan a cualquier persona, mientras más comas más negarás que tienes un problema, mientras más dejes de comer más cerca estarás de la raya.

Mi infancia siempre estuvo encadenada a la comida porque mis padres eran dueños de un abarrotes, a los ocho años asistí a clases de natación, terminaba agotado de patalear, bracear e intentar flotar, llegaba a casa ansioso porque ya quería tomar mi jugo de naranja marca Tropicana y mis galletas Príncipe de chocolate, esa era mi recompensa por una sesión innecesaria de ejercicio. A veces mi mamá era el cómplice de mis travesuras, la marca Sonrics vendía unas cajitas llenas de dulces y contenían una figurita, un monito de las caricaturas de moda. El sello era de plástico, era lo que nos separaba de la recompensa para un pequeño niño y su madre consentidora. ¿Acaso una madre no haría todo por sus hijos? Abríamos la caja para sacar el mono, si el personaje era repetido lo dejábamos, si no lo tenía pues lo agregaba a la colección. Esos fueron los días felices.

Esas cadenas de amor son tan fuertes como la adicción a los refrescos, específicamente la Coca Cola. En promedio, los mexicanos consumen 466 mililitros refresco al día, lo cual equivale a 459 latas cada año o 163 litros. Este es uno de los más altos del mundo y representa que 66 % de los mexicanos consumen azúcar por encima del nivel máximo diario que indica la Organización Mundial de la Salud. ¿Ya vieron la película Captain Fantastic? (dirige Matt Ross) su personaje principal Ben Cash, caracterizado por Viggo Mortensen, es la cabeza de una familia que, tras vivir aislada por una década, debe reintegrarse en la sociedad. A sus hijos decidió criarlos con habilidades de supervivencia y filosofía, cuando deciden viajar a la ciudad, una de sus hijas pregunta qué es esa bebida y el papá responde –Agua envenenada- haciendo alusión al refresco de cola. Esa misma bebida hipnotiza al escritor Paco Ignacio Taibo II, en sus visitas a Mazatlán durante la extinta Feria del Libro y las Artes que organizaba el Maestro José Luis Franco Rodríguez, no podía faltar su morena bebida azucarada, así lo hizo en la presentación de sus obras Retornamos como Sombras, El Cura Hidalgo y sus amigos y Pancho Villa: Una biografía narrativa; dos micrófonos, un moderador, más de 200 personas atentas a los comentarios y un vaso de cristal con cubos de hielo esperando ser bañados por aquel elixir que adormece los sentidos gástricos. Con el escritor José Agustín, cuando ganó el Premio Mazatlán de Literatura por su novela Vida con mi viuda en el 2005, también fluyeron los chescos, cigarros Romeo y Julieta, baguetes y ensaladas de Marlín que servían Hector y Roberto Mendieta en el legendario Café Altazor, de la Plazuela Machado. Esas anécdotas servirán para otra columna donde contemos los detalles que un regordete servidor vivió. Por hoy las cadenas de amor se reencontraron, hasta la próxima vez que una víctima de la comida las corrompa o intente echárselas al hombro y como final dantesco se arroje a las aguas mansas del suicidio, la entrada más fácil para ganar credibilidad (quizá sea el tema de la próxima columna), espero estimado lector no sea muy tarde antes de que se dé cuenta que en su familia o círculo de amigos alguien puede tener un problema con la comida más allá del clásico “es que le gusta comer”, no se confíe porque de un atracón intenté quitarme la vida no una, varias veces, acuda con los especialistas, no sea dramático, mente fría, la comida no es el problema, son las emociones, pregúntele ¿Cómo te sientes hoy? Y probablemente le arrebatará minutos a la muerte. Felices 24 horas.