TO BE GORDO SEX OBESUM O GORDITO QUERENDÓN

Por Samuel Parra
Si la comida fuera un orgasmo, tendría un condón en mi boca. No es una fijación fálica ni un gusto culposo voyeurista, es meramente el placer de comer por disfrutar cada uno de los sabores y texturas que pueden darnos los alimentos naturales y procesados.
¿Realidad o ficción? Para un gordo glotón esto es verídico, tangible y sabroso porque podemos compararlo con el universo sexual. ¿A dónde vamos con esto? A tratar de explicar cómo se desenvuelve un gordito en las relaciones amatorias carnales.
Si estás en la edad de la punzada, tal como me sucedió hace muchos años, no tienes la malicia para ligarte una chica ni mucho menos invitarle una nieve. A tus 15 años, sólo te preocupa tu físico, que la ropa no te quede justa, que la panza no se desborde del pantalón ni que mamá escoja la ropa que debes vestir. ¡Ya eres un hombre carajo! Pero estás enfrascado en los video juegos, series, figuras de acción y comics, lo que menos pasa por tu mente son las chicas porque tú mismo te saboteas, crees que no te harán caso y no lo intentas, pierdes la pelea sin subirte al cuadrilátero. Eso me pasó, estábamos en una obra de teatro, el grupo de amigos de la secundaria fuimos llevados al Teatro Antonio Haas, un edificio de antaño enclavado sobre el Malecón de Mazatlán (Hago una pausa de cinco minutos porque degusto una rebanada de pastel de tres leches), las butacas estaban ocupadas por estudiantes pero mi mente estaba pensando en Sofía, la hija de la subdirectora, tremenda la sorpresa fue cuando varias amigas me decían –Decláratele, dile que si quiere ser tu novia- La primera reacción del gordito quinceañero fue de miedo, después vino el asombro cargado de adrenalina que despegó cual cohete soviético Sputnik 2 y explotó como el transbordador espacial estadounidense Challenger en 1986. Nueve años separaron a la tragedia gringa de mi primera depresión amorosa, la pregunta para Sofía fue directa -¿Quieres ser mi novia?- Ella dijo no y empecé a llorar, obvio no lo hice delante de ella, regresé a mi butaca, el cuerpo abotargado se enfiló al asiento donde posé mi tristeza entre sollozos y antojos de unos taquitos de frijoles con su bebida carbonatada respectiva. Esto fue la pubertad.
Ni hablar de la adolescencia porque el descubrimiento de la sexualidad proliferó entre películas porno con las noches de Cinemax los viernes, rastrear películas en el canal Golden y tener suerte de ver contenido desbloqueado en internet. Benditas chaquetas mentales que dejaba la imaginación, podías tener las fantasías que tu quisieras sin riesgos de Enfermedades de Transmisión Sexual ni embarazos no deseados. Descubrí que mi cuerpo era una herramienta para ligar pero no sabía usarla. A los 17 años, cuando eres obeso, ya entiendes que las chicas buscan la figura varonil, el macho mexicano y no un gordito con pechos de mujer. ¡Golpe bajo! Si sabías usar la carrilla y las bromas a tu favor pues todo se te resbalada, sino serías presa del pánico y el bullying. El sentido del humor me ayudó mucho, fue un arma que jamás falló pero formó una espada de sarcasmo, ironía y acidez que más tarde trajo problemas con la pérdida de amigos. Hay un relato interesante, cruel y jocoso llamado “¡Mercedes eres una mierda!” pero lo dejaré para después o pueden leerlo en mi libro La Puerta del Dolor.
Mejor les contaré una historia de una chica llamada Clarissa, la conocí en el 2007, en ese entonces tenía 25 años y trabajaba como reportero en Periódico Noroeste. Después de la jornada laboral, fui a la casa de un amigo fotógrafo, Federico, la idea era “pistiar” es decir “chelear”, tomar cervezas, fumar y pasarla bien. Nos reunimos en su departamento del Centro, llegó a la reunión y mi compa había ido por las bebidas ambarinas, me recibió Clarissa mientras escuchaba a The Beatles con su canción Lucy in the Sky with diamonds del disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, que salió a la venta el 24 de noviembre de 1966, lo primero que pensé fue -¡No mames! Una morra que le gustan los bitles- ella era hermosa, tez blanca cual espuma del mar, ojos color miel y rubia, físicamente tenía unos kilitos de más pero eso no importaba porque era bella y yo la bestia. Rápidamente conversamos, cambiamos teléfonos y correos electrónicos, no había Whatsapp, el Facebook apenas llegaba a México y las redes sociales dejaban de ser la utopía de Marshall Mcluhan, Giovanni Sartori y Humberto Eco. Nos conocimos un viernes y en dos semanas ya estábamos en la cama… ¿Pero cómo fue? Una buena amiga, a quien apodaré “La doctora Godinez” me llamó a mi teléfono celular, eran casi las seis de la tarde y había quedado con Lucía de vernos y pasarla rico, contesto la llamada de la doctora para llevarme una sorpresa -¡Guey qué pedo con tu amiga! Acá me la topé en el congreso y me tiró la onda. Me dijo que si yo era de las suyas, yo pues le dije que sí porque somos estudiantes de medicina y no mames me estaba ligando- Corté la llamada, me quedé callado, no sabía si reaccionar o carcajearme de ironía, estaba emocionalmente perdido. Las dudas se disiparon cuando hablé con Clarissa esa noche, íbamos a hacerlo en su casa pero comentó que su tía le dijo que “Puterías en la casa no”. Nos fuimos a un motel donde empezamos con los besos, caricias, miradas arrebatadoras, pasando mis manos por todo su cuerpo, mientras ella hacía lo mismo, nos desvestimos lentamente hasta quedar en ropa interior, recuerdo que llevaba mis boxers de la suerte color azul, ella tenía un conjunto morado de encaje, se veía preciosa pero mi mente no dejaba de atormentarme -¿Era Clarissa bisexual?- Hoy me valdría madre porque aceptaría tener una relación así pero cuando esto ocurrió yo estaba ilusionado porque, por primera vez, una chica había aceptado salir conmigo más de cinco veces, máximo llegaba a dos días pero esta vez las estadísticas fueron superadas. Mi ilusión era por fin tendría una novia formal a quien amar, querer y disfrutar su compañía. Me animé a preguntarle si era cierto lo que mi amiga la doctora me contó, ella no lo negó, dijo que mi amiga era bonita, no me preguntó que si me molestaba que ella fuera bisexual; sólo cuestionó mi sentir -¿Qué hacemos ahora?- Pues coger, le dije. No lo hicimos, sólo fue un fajecillo, los condones se quedaron en su empaque sellado, quedamos tirados en la cama, platicando como buenos amigos, le confesé la ilusión que tenía de que fuéramos novios pero ella me dijo que ya había una chica en espera. La conversación fue amena, con una compañera que me abrió su corazón, sus miedos y sueños, la escuché por dos horas, antes de las diez de la noche yo ya estaba en mi casa masturbándome con ese triste recuerdo. Jamás supe de Clarissa, ni ella de mí.
¿Realidad o ficción? Actualmente disfruto la dicha de contar con amigas lesbianas y bisexuales, algunas de ellas me ayudaron a comprender ese momento que pasé, no fue amargo ni tormentoso, sólo se rompió el corazón de pollito de un gordito bonachón. No recuerdo qué hice con los condones, creo que los dejé en la cartera hasta que me deshice de ella. Total, la comida es una compañera fiel que jamás te traiciona, puede que un día te pique, otro día te empalague y después llegas al hartazgo; así es el amor, así es el sexo, así son los frees o relaciones abiertas, tú decides cómo te la comes, si repites plato o te reservas para el postre, al final terminas con un pitillo en la boca echando humo. Felices 24 horas.