Miriam, Sánchez Morán y Javier Valdez

Columna La Montaña, de Oscar Loza

 

Por Oscar Loza

 El día que salgamos todos, nos van a escuchar.

 Diego Luna

 

Esta ha sido una semana de intenso dolor. Al final del día de las madres fue ultimada Miriam Rodríguez en Tamaulipas. Tuvo una hija desaparecida y la encontró, pero siguió buscando los hijos de otros familiares. Le costó la vida. El día 12, cuando llegaba a su despacho el licenciado Miguel Ángel Sánchez Morán, encontró la muerte. Fue cabeza de la Federación de Abogados de Sinaloa y un hombre sensible en materia de derechos humanos. No sobrevivió  a sus afanes de justicia.

El día 15 de este mes, luego de redactar las notas del día, al salir de las oficinas del periódico Río Doce, Javier Valdez fue acribillado frente a un jardín de niños, justo a la hora en que los infantes deberían salir de su escuela. La pluma de Javier dibujó magistralmente la tragedia que vivimos desde hace años en Sinaloa y en México. Sus colaboraciones en La Jornada y Río Doce dan cuenta de ello. Y los tristes trazos de sus leídos libros, que pisaron el mismo terreno y lloraron las mismas lágrimas de tantas víctimas de la violencia y hasta de victimarios que resultan ser, a final de cuentas, víctimas de un estado de cosas que nos ahoga a todos.

Si partimos que en Sinaloa en el renglón de homicidios ya se rebasó la cifra de los 620, cabe preguntarse si esto es ya suficiente para que la sociedad diga ya basta. No lo sabemos aún. Algunos enterados dicen que en asuntos de violencia y seguridad hay un antes y un después de la muerte de Javier. Quizá ha influido en sus cálculos las fuertes protestas que se llevaron a cabo en Culiacán, Los Mochis, Guasave, Guamúchil, Mazatlán, Guadalajara, Ciudad de México y muchos otros lugares. Sin faltar las expresiones de repudio en los medios internacionales de mayor presencia y de instancias de gobierno de otros países.

Un referente muy importante es la manifestación de Culiacán del día martes, que originalmente partiría de Catedral hacia la funeraria donde estaba el cuerpo de Javier. Allí se resolvió marchar hacia el Palacio de Gobierno. El tono de sus reclamos fue subiendo en la medida en que se acercaba a la sede del Poder Ejecutivo. Al menos dos precedentes no podrán olvidarse tan fácilmente: la unidad de acción de periodistas en torno a la agresión letal a un compañero, expresada tan dramáticamente en el patio central de palacio y el que a fuerza de reclamar firmemente se abrieran las puertas de dicho edificio y los manifestantes subieran hasta el tercer piso, lo que hizo posible un ríspido y desesperado diálogo entre el gobernador y periodistas.

Los acontecimientos acumulados a lo largo de este año, han empujado a que diversos sectores sociales plantearan la necesidad de coordinar esfuerzos más allá de sus fronteras gremiales o de estrato social. De alguna manera lo sucedido esta semana convence a que ese esfuerzo pueda tomar el camino de la reflexión conjunta y de la búsqueda de propuestas de solución. Mazatlán ha puesto el ejemplo al convocar a periodistas y activistas al ejercicio de la reflexión, promoviendo la presencia activa de comerciantes, hoteleros, universitarios y vecinos del puerto. Ojalá que esa medida sea el inicio de muchas otras que obliguen a la autoridad a cambiar de rumbo en materia de seguridad y que haga posible la irrupción de una verdadera y combativa participación ciudadana. Lo que puede garantizar no sólo el cambio de concepción de seguridad, sino la ejecución de una nueva política.

Si la rabia expresada en Palacio el martes pasado se desvanece en 15 días o un mes, habremos demostrado que la lección principal no fue aprendida aún. La violencia volverá a cobrar víctimas sin fin. Sólo la movilización permanente y la estrecha vigilancia de que se cumplan los compromisos contraídos, harán posible detener la delincuencia y las complicidades que desde el poder continúan alimentando el delito.

Ojalá que ese coraje que observamos en muchos rostros no se desvanezca en una corta temporada. Todos tenemos una tarea que realizar ahora y debemos cumplirla al pie de la letra. La Comisión de Defensa de los Derechos Humanos debe de activar su mecanismo de protección a periodistas, la Comisión Estatal de Derechos Humanos debe hacer otro tanto, los periodistas no pueden abandonar el activismo de defensa y la alerta permanente, mientras la sociedad procura nuevas formas de defensa y protección a nuestros periodistas. Ya lo afirmó Javier Valdez: “Un periodista asesinado es una voz menos para el pueblo.” Y qué razón tiene el bato, como decía él. Vale.

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