To be gordo I Columna de Samuel Parra

Esta es la primera columna de Samuel Parra en rabiaytinta. Samuel es una persona que optó por desnudar y compartir los miedos generados por la obesidad.

Por Samuel Parra

La vida es tan sabrosa y ocurrente como una camisa pegada al cuerpo talla 34 para un corpulento personaje cuya cintura de pantalón rebasa el número 40. ¿Cómo entraste ahí?Los ojales de los botones perdieron su forma y yo la vergüenza por vestir prendas que no me quedan, pero es más fuerte la nostalgia de que algún día esa camisa me quedará holgada otra vez.

Mi nombre es Samuel Parra y soy un gordo feliz. A veces me pongo triste y otras olvido los kilogramos que tengo encima; peco de amnesia para comer más sin sentir remordimiento porque la comida es buenísima: burbujea el hedonismo como la espuma al champagne, como los gemidos al sexo. ¿Y por qué escribo esto? Porque no todos los gordos somos iguales.

Hay muchas etiquetas que me cuelgan como la panza a las rodillas. ¿Te suena cuando te dicen gordito, esponjadito, rellenito, chonchito, cachetoncito? Son adjetivos “bonitos”, poco crueles pero distan mucho de la realidad. Esta columna no es una defensa de la gordura ni estamos a favor de la obesidad, que es una enfermedad crónica, degenerativa y mortal, simplemente es el diario vivir de un gordo que no teme confesar lo que implica tener kilos de más. Por ejemplo, no sé jugar futbol pero aprendí muchas recetas para preparar hamburguesas; tengo amigas que me buscan para platicar sus problemas pero mis oportunidades de ligar son mínimas, estoy condenado a la “friend zone”, y ni mencionar las relaciones sexuales porque mi primer amor fue la masturbación, aprendí que no existen límites para la imaginación ni tarifas mínima de seis horas por ocupar una habitación.

¿Y la eyaculación precoz? ¿Y el pequeño pene de los gordos? Súmale el rechazo de las chicas, más una cadena de depresiones constantes. Eso termina con la paz emocional de cualquier persona. Creo que Hannah Baker, de la serie 13 Reasons Why, hubiera necesitado más casetes de grabación si su personaje fuera obesa.

La columna no fue escrita para estigmatizar a los gordos ni decir que somos infelices. El miedo es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Desde aquí quiero empezar: todos tememos a algo. En mi caso muchos años pensé que jamás bajaría de peso. Lo máximo que subí en la báscula fueron 125 kilogramos, y en seis meses llegué a pesar 79 kilos, con ayuda de un tratamiento en una clínica de rehabilitación, pero poco a poco recuperé peso.

¿Te suena el rebote? El mío duro seis años, pones un freno al incremento de peso pero no a los insanos juicios, las decisiones que alimentan tu ansiedad y su desenlace en el sedentarismo o los atracones de comida. No puedo hablar de mujeres con sobrepeso u obesidad porque la experiencia de vida no es semejante, pero todos tenemos un espejo en casa y descubrimos que nuestro “yo” exterior no es perfecto aparentemente y empezamos a imaginar cómo sería el cuerpo ideal, sin llantas, pellas, lonjas, panza o pliegues de carne abultados.

El diario vivir de un obeso no es tristeza total, también abunda la alegría: te casas, tienes hijos, un excelente trabajo, juegas Play Station 4 o disfrutas un fin de semana en familia o con tus amigos. De vez en cuando tienes sueño, quizá te duela la rodilla, puedes tener problemas de circulación, padecer hipertensión, diabetes, problemas gastrointestinales. Sin embargo son malestares, enfermedades y dolencias que no discriminan peso ni sexo.

A mí me encanta escribir. No soy “todólogo”, pero cada tecleo lleva una intensión. Te invito a que leas esta columna. Voy a confesarte mi diario vivir con una condición: no te guardes nada, cuéntamelo todo en [email protected]. Si tienes dudas acerca de tu peso o condición física puedo acercarte con los expertos; quiero leerte si eres gordito o conoces a una persona igual a mí, sea hombre o mujer. A todos nos gusta la ropa bonita, el buen comer y disfrutar la vida.

Ánimo mis gordos, la vida no se acaba en una sentada: estiren la camisa y sonrían porque el botón sigue en el ojal.